Debo comenzar diciendo que soy muy crítico de cualquier medio y soporte de comunicación masivo, sean de ideología liberal, neomarxista, nacionalistas, populares, es decir de cualquier tendencia. Dicho esto, también debo decir que soy un acérrimo defensor de la libertad de prensa y de expresión. ¿Es una contradicción? No. Y voy a explicarlo.
Acordemos ciertos puntos. La ciencia política es una ciencia social preocupada por indagar fenómenos relacionados con el Poder.
Un fenómeno vital del Poder es la opinión pública, un insumo insustituible.
Mi evidencia empírica, realizada y publicada con el título “La Posverdad”, de la cual ya me he referido, analizó de manera práctica, dos medios masivos, uno que, podríamos coincidir, está a la derecha del espectro ideológico, y otro, a la izquierda. Y los seguí cuanti y cualitativamente por espacio de una semana. A toda hora.
Las diferencias fueron notables, risueñas a veces, si no fuera que se está tratando de manipular, de distorsionar creencias, emociones, con un fin específico: influir en la opinión pública.
Y llegamos al tema central, la opinión pública.
La opinión pública es un concepto polisémico dicen los teóricos, es decir tiene varios significados. Y otra vez se disputan esa concepción liberales y marxistas.
Para unos, la opinión pública es un tejido cuya materia es la comunicación, más o menos denso, más o menos permeable, y depende de las circunstancias.
Para otros, la opinión pública es el resultado final y reflejo, del lugar que ocupa una clase, en el sistema de producción.
Unos le asignan un papel más independiente digamos, y el otro es más paternalista, diciendo: es una consecuencia.
Se considera 1750 como el año en que se utilizó por primera vez la expresión “opinión pública”, cuando Rousseau se presentó al premio de la Academia de Dijon con su “Discurso sobre las ciencias y las artes”.
Ese es el año de la aparente acuñación de la expresión, pero la tarea de influir en lo que opinen los demás, viene de mucho antes. Es tan viejo como el mundo. Lo que varían son los soportes para predominar, sea esto, a través de las tradiciones orales, la imprenta o internet con su hijos: las redes sociales.
Los dejo con Nicolás Maquiavelo y “El Príncipe”, que enseña que el gobernante debe tener o conseguir el favor del pueblo, en donde éste deberá cuidar su imagen, y no importará el manejo de la opinión pública, con tal de mantenerse en el poder. Y agrego, o de conquistarlo. Pero siempre, prefiero un mundo libre, lo más libre posible. Por Silvio Verliac