Director: Silvio Verliac              

Es una metáfora de la Argentina, que bien podría ser también tu ciudad, o la mía.

 

“Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia”, comienza Cortázar su cuento Casa tomada.

Para mi es una metáfora de la Argentina, que bien podría ser también tu ciudad, o la mía.

“El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: —Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. —¿Estás seguro? Asentí. —Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado”, escribe uno de los dos mejores escritores argentinos del siglo XX, junto a Borges.

Nunca explica Julio Cortázar a lo largo del cuento qué o quienes comienzan a apoderarse de la casa. Y en ello reside una de las genialidades de su obra.

Han tomado la Argentina, que es nuestra casa. Han tomado tu ciudad o la mía.

¿Quiénes? No es el motivo de esta explicación del nombre del portal. Quedémonos con que efectivamente comenzaron por el fondo y lentamente, ante nuestra pasividad, la casa ya no es nuestra.

Finaliza el cuento: “Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.

Ojalá, nuestra verdadera historia, tenga otro final. Por Silvio Verliac /Editor