Director: Silvio Verliac              

Chalup

En junio pasado publicamos una nota con un título que hoy suena premonitorio:“Un socialista gana en Nueva York. En Argentina nadie le compite a Milei.”
Entonces, Zohran Mamdani era apenas un legislador estatal de 33 años que había sorprendido en las primarias demócratas. Hoy es el nuevo alcalde de Nueva York.
El periodismo, cuando tiene algo de intuición, intenta leer los movimientos antes de que aparezcan en el mapa. Nuestro trabajo no es juzgarlos, sino observar, conectar señales y, si se puede, ofrecer sentido.

 

Lo interesante de Mamdani no es solo su victoria electoral, sino el tipo de discurso que encarna en la capital financiera del mundo.
Hijo de inmigrantes —muy ilustrados ellos, por cierto—, creyente musulmán y autodeclarado socialista democrático, habló sin miedo del costo de alquilar, del derecho a vivir con dignidad y de la pobreza en vastos sectores de Nueva York.
Habló del transporte público, del desencanto con los partidos tradicionales y ofreció sus propias soluciones.

Usó las redes con un lenguaje propio, sin pedir disculpas por su ideología, despertando entusiasmo entre votantes que se sentían fuera del sistema. El resultado fue un récord de participación electoral.

En Estados Unidos, ese discurso acaba de llegar al poder.

Mientras Mamdani levanta la bandera de un —llamémoslo así— progresismo renovado, enfrenta críticas internas y externas por su posición sobre Gaza e Israel, por ejemplo. Su triunfo no es un triunfo puro: como toda victoria nueva, trae tensiones y preguntas.

Y ahí se cruza la comparación inevitable.
En Argentina, quien logró representar el deseo de cambio —desde un lugar ideológico opuesto— fue Javier Milei. Con otro vocabulario, otro horizonte y otras promesas, Milei consiguió algo similar: conectar con el malestar social, hablar sin pedir permiso y romper los moldes del discurso político tradicional.

El punto aquí no es quién tiene razón, sino analizar cómo logran representar el presente que les toca.
Tanto Mamdani como Milei, desde extremos distintos, captaron algo que otros no: la necesidad de sentir que la política todavía puede mover y cambiar el estado de cosas.

Como ya advirtió el filósofo político Bernard Manin, “las democracias cambian cuando los ciudadanos dejan de sentirse representados y buscan voces que vuelvan a nombrar su experiencia.”

Leer la nota de junio 

Silvio Verliac

CT