Director: Silvio Verliac              

El entrecomillado del título, es el de una novela de ficción política de 1985, de Dalmiro Sáenz y Joselovsky: Pero los necesitamos mucho, por eso yo le repito y repito a mi gente la frase de Brecht: Nada se parece más a un fascista que un burgués asustado”. Hoy 8 de septiembre, en el Senado de la Nación, escuchamos primero a una senadora decir que - sic – “En primer lugar, quiero solidarizarme con la presidenta de esta Cámara, que ha sufrido un atentado el jueves anterior, un atentado que no tiene precedentes en nuestro país…” Además de ser muy joven, no ha leído historia la senadora.

 

Uno pensaba, mientras transcurría la sesión especial, que duró una hora y media, que otros senadores, senadoras, serían sabios, contemporizadores y firmes a la vez, prudentes y con grandeza, como los hechos requieren.

Llegó el turno del siguiente senador – nótese que no se los llama por sus nombres, para no estigmatizarlos – que sí, a mi entender, fue claro: “Que el intento de asesinato de la Vicepresidenta de la Nación nos genere una oportunidad. Nosotros somos responsables de eso. El jueves pasado, y me entristece que no esté Juntos por el Cambio, porque el mensaje es para las dos partes”. - Aclaración: el senador que hizo uso de la palabra en segundo lugar, conforma un bloque personal-. “El jueves pasado, entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio, se acordó por las dos terceras partes; nosotros los bloques personales no formamos parte del acuerdo porque no nos avisaron, de debatir cuatro proyectos que había sobre la seguridad de la Vicepresidenta. Las vallas sí, vallas no, la policía de la Ciudad… Estuvieron cuatro horas, entre las 14:30 y las 18:30 insultando, agraviando, faltándose el respeto.

Yo digo, no sé cuántos habrán visto la sesión del jueves, si alguien se conectó, no se conectó – al canal de YouTube de Senado Argentina, que es de donde, en vivo, hacemos esta reseña – pero si cien argentinas y argentinos de cada uno de los dos lados, que ese día se debatió, se tomaron en serio la discusión, y bueno, tenemos cien personas en las calles como mínimo, intentando hacer algo en contra del otro.

Este me parece que es un tema, que lo sucedido con la Doctora, nos tiene que llevar a reflexionar sobre esto. Sobre que nosotros mismos, transmitir otra manera a la sociedad de zanjar las diferencias.

Está claro que hay proyectos totalmente distintos, opuestos, desde la economía, de los derechos humanos, desde todo punto de vista, pero me parece que tenemos que aprovechar esta oportunidad, este trauma que nos genera el intento de magnicidio contra la Vicepresidenta, para generarnos otra oportunidad…

Quiero compartir, una investigación de una consultora que se va a conocer en las próximas horas, Zuban Córdoba, que a partir de lo que sucedió con la Vicepresidenta, investigó en el país, algunas consecuencias: una pregunta es, con respecto al autor del atentado, ¿usted qué cree, fue una persona suelta con desequilibrios mentales? El 15,9%

¿Fue parte de una organización o conspiración? El 55,4%. La mitad de los argentinos consideran hoy, que no es un hecho individual, aislado y de un psiquiátrico; y 17,3% no tenía opinión.

Y acá voy, por último, a un tema que quiero dejar como mensaje. Se les preguntó a los argentinos si el oficialismo y la oposición deberían firmar un acuerdo de convivencia democrática: el 71,6% de los argentinos respondió que estaba muy y algo de acuerdo con este concepto.

Se hizo otra pregunta: ¿es necesario que se bajen los niveles de violencia en el debate público de Argentina? El 82,1% dijo que era necesario…

Y después una pregunta relacionada, al intento de magnicidio ¿qué es lo que cree que deberían hacer las dirigencias, tanto oficialistas como opositoras con el atentado contra la Vicepresidenta, deberían moderarse y bajar la agresividad? El 71,3% de los argentinos.

¿Deberían seguir marcando las diferencias entre sí? Solamente el 18,5%

Y lo que más llama la atención y es cómo nos ven: ¿qué tan lejos y tan cerca estamos de lograr un gobierno de unidad nacional? El 92,6% consideró que estamos lejos y muy lejos de lograrlo.

Entonces, después del intento de asesinato a la Vicepresidenta de la Nación empezó a correr un minutero. Que si ese minutero no es detenido, no quiero ser pesimista ni agorero, ni alarmista, podemos estar en el inicio de una etapa muy triste y muy oscura de la Argentina.

Si tenemos la sabiduría, la inteligencia, la generosidad, de parar el minutero, darnos el tiempo, y responder a estas inquietudes de los argentinos, no sólo como enseñanza de lo que fue el atentado, sino como lo mejor que podemos darle a nuestro pueblo, encontrar los acuerdos necesarios para que esta etapa tan difícil, y tan compleja, nos den la oportunidad de tener un país mejor. Muchas gracias”.

Luego, hablaron una senadora, y para terminar un senador, que además de solidarizarse, echaron nafta al fuego.

Por todo ello, comparto fragmentos de esta novela, “El día que mataron a Alfonsín”, que leí muy de jovencito, y salvando los años, y circunstancias transcurridas, puede hacernos pensar. En última instancia, es sólo una novela… Por Silvio Verliac / Casa Tomada

 

“El día que mataron a Alfonsín”

 

Heredia formaba parte de un engranaje compacto y preciso. Quienes se movían allí nunca alcanzaban a saber del todo con quién trabajaban y para quiénes lo hacían. Eran más de doce mil personas. Todos respondían a similares intereses y en sus vidas se habían cruzado por distintos tramos de un mismo camino. Era un submundo. Un sitio debajo del que vive la gente común; inescrupuloso, impasible, calculador, seductor, maquiavélico, confidencial, inconfesable, cotizado, a veces violento, solitario y peligroso. Cerca de ellos revoloteaban los matones; las fuerzas de choque utilizadas para pelear el poder con armas en mano. Desde afuera todos eran confundidos en una misma bolsa. Desde adentro se los veía ejerciendo el verticalismo militar y divididos entre blancos y negros…

En el camino de Heredia el mayor patrimonio era la información. Allí había conocido a varios de los agentes que hoy les servían circunstancialmente. Siempre se había preguntado por qué ese trabajo era denominado genéricamente con la palabra inteligencia. Aunque primaria, la duda era válida. Un servicio de inteligencia supone suministrar información de un modo ágil y eficiente al poder, a los que mandan. En la Argentina las cosas no son del todo así. La mayoría de los torpes militares convirtieron a los servicios de inteligencia en gigantescas ratoneras donde conviven groseros asesinos. Cumplieron su parte en las limpiezas sociales ordenadas, pero jamás actuaron en forma inteligente. Eran toscos, estúpidamente falibles y se exponían a la muerte con entereza si se les ofrecía impunidad como una conquista social merecida.

Esa tierra de nadie tiene forma piramidal. A veces la vida es el precio que se paga por mirar hacia arriba. Heredia ya había pasado la mitad del camino y se divertía observando la cumbre. Su fantasía era la de llegar no al manejo de las estructuras formales de los servicios secretos

sino al control del poder que los necesitaba para seguir subsistiendo. Pero, como quien mira entre la neblina, nunca sabía la verdadera forma de las cosas. La cima parecía camuflarse día a día y los hombres desaparecían como la espuma del jabón…

El mayor logro de su carrera lo había prestado en 1982 y 1983. La decisión había sido: 1) Clasificación abecedaria de toda la información de la lucha contra la subversión de acuerdo a su grado de importancia para revelar el funcionamiento del sistema represivo y como arma de negociación futura. 2) Ubicación exacta y seguimiento de los documentos de la “Z” a la “L”. 3) Incineración de la documentación de la “K” a la “D”. 4) Secuestro y resguardo de la documentación de la “E” a la “A”. Las fases 1 y 2 estuvieron a cargo de personal logístico de cada servicio de inteligencia y coordinado por una central de informaciones creada especialmente. La 3 fue ejecutada directamente por el poder político de la época. La 4 fue manejada en forma directa por Heredia. Su parte había sido, nada más y nada menos, que la de diseñar un plan para esconder el tesoro del “Proceso de Reorganización Nacional”. En Suiza se custodiaban papeles más valiosos que diamantes; la “Pista Suiza” que bautizó un periodista. No todos sus dueños sabían que estaban allí, pero sí compartían el secreto todos los dueños del verdadero poder político en Argentina. La existencia de esos documentos no sólo hubiera comprometido a militares si alguien los hubiera encontrado y publicado en los inicios del gobierno de Raúl Alfonsín. Eran mil veces más poderosos porque también se referían a civiles. En esas cajas también había grabaciones; estaban las cintas que recordaban cada palabra y cada silencio presentes en el diálogo político que el gobierno del dictador Videla llevó a la práctica en el año 1980. Eran herramientas conocidas por Heredia y estaban custodiadas por tres de sus hombres. Su precio no alcanzaba a medirse en dinero sino en poder.

El gobierno de Alfonsín había enviado a un agente secreto a Ginebra para develar el secreto de esa caja de Pandora y ese hombre fue comprado por el contacto de Heredia. Ambos desaparecieron de la vista de los gobiernos y, junto a un tercero prófugo de la justicia y el gobierno argentino que fuera fotografiado por la prensa varias veces en Europa, desaparecieron siguiendo directivas de Heredia. En la mente de Heredia habitaba el destino de las verdades para ser utilizadas en las etapas posteriores al asesinato de Raúl Alfonsín…

Esas verdades ocultas que cargaban tantas espaldas podían ser resucitadas por Heredia. Siempre valoró el material de un modo muy especial. Solía entretenerse releyendo la parte clasificada como “Declaraciones a la opinión pública” y que se componía de miles de reportajes a las figuras más notorias de la política, la ciencia, las artes. Casi pierde la vida en 1984 cuando se creó la CONADEP, y sostuvo casi por la fuerza, frente a la opinión en contra de un superior, que el material tenía un destino más ambicioso que el de despedazar la historia de un puñado de hombres. Ganó esa batalla y ahora otra arma servirá para pelear una guerra total…

Nuestra intención es llevar adelante un proyecto de poder que requiere un trabajo de acción psicológica primero y un Alfonsín masacrado por el pueblo después. El presidente Raúl Alfonsín morirá a palazos. El poder, señores, aparecerá chorreando sangre en un acto público…

Abrió la carpeta con firmeza y leyó: — Se elaboró una campaña de acción psicológica que se difundirá a todos y cada uno de los sectores transmisores y formadores de opinión. Se destinarán los primeros esfuerzos a provocar un acelerado proceso de desprestigio de las instituciones democráticas en países subdesarrollados como la Argentina.

Se gestionará a través de los canales habituales marcados incrementos salariales a diputados, senadores, concejales, funcionarios y jueces y se procederá luego a difundir masivamente a medios de comunicación social fotocopias de los recibos correspondientes a personalidades que se determinará.

Se profundizará a través de los principales diarios y canales privados de televisión el tratamiento informativo sobre el auge de la delincuencia. Se repartirán los recursos necesarios para contar con la presencia de esta información delictiva en las primeras planas de los principales diarios del país.

Así, subliminalmente, mantendremos en vigencia la Doctrina de Seguridad Nacional pero, para aportar nuevos elementos, se dispondrá de grupos especialmente adiestrados que actuarán infringiendo temor en las zonas de mayor densidad demográfica y se ajustarán los mecanismos para incentivar hechos violentos que producirán grupos de menores simulando integrar patotas.

A través de los contactos mantenidos, se aumentará el accionar violento de las policías provinciales y Federal y se alimentará de información, simultáneamente, a los organismos de derechos humanos sobre esos excesos.

Así se logrará un desprecio global por la violencia y se ofrecerá, a través de determinados grupos, la necesidad imperiosa de contar con el accionar de fuerzas conjuntas militares policiales para combatir el auge delictivo. De este modo y, por primera vez desde 1982, los organismos de derechos humanos serán aislados socialmente por defender a los sectores marginales más violentos y despreciados profundamente por las franjas sociales intermedias.

Se instruirá a los hombres leales para mantener quietud en los cuarteles a pesar de los insistentes llamados a declarar en Tribunales.

Una campaña ya diseñada expandirá rápidamente el respeto de los uniformados por el cumplimiento de la ley, pero, al mismo tiempo, inducirá temor en los sectores autodenominados progresistas porque se difundirá un rumor de posibles represalias en el futuro; es decir, se explicará mediante corrillos que expandirán el rumor, que se trata de la calma que precederá a la tempestad.

Se provocarán en Tucumán, Córdoba y Capital Federal una serie de atentados que se adjudicarán a movimientos subversivos ligados al Peronismo Revolucionario. A tal efecto, se cuenta ya con hombres que serán aprehendidos “in fraganti” y confesarán ante autoridades policiales pertenecer a dicha organización política.

Otra etapa será concentrada en el microcentro. En las mesas de dinero. Se utilizarán cifras variables entre uno y cinco millones de dólares para lanzarlos al mercado en horas pico y provocar subas y bajas del dólar.

A raíz de hechos delictivos en instituciones bancarias se provocará un estado generalizado de inseguridad entre los ahorristas. Y también pondremos bombas en los colegios. Pero verdaderas, no como las que inventó el gobierno...

El ideólogo siguió con lo suyo. — El plan de acción psicológica tiene más elementos, pero este pantallazo alcanza para que vean su complejidad. Así estarán dadas las cosas para lo que de hoy en adelante llamaremos el operativo Fuente-ovejuna. “¿Quién mató al gobernador? Fuenteovejuna, Señor ¿Y quién es Fuenteovejuna?... El pueblo, todos a una”. — ¿Y ese pueblo todos a una?

¿De dónde piensa sacarlo? —preguntó Rivera—. — Llevo meses preparando a un hombre. Es el líder de una patota de la Boca. — Pero ese barrio es de un radical —exclamó Janissaín—. — Pero mi coronel, me extraña... Esos muchachos nunca fueron radicales, y después de todo no es un problema nuestro, es un problema de ese radical...

Hay que tener en cuenta que a toda la dirigencia política le conviene que Alfonsín viva. Yo a veces pienso que todos los políticos, cuando se van a dormir, piensan en esto. Porque no puede ser de otra manera en un país donde el Presidente actúa como parámetro de toda la dirigencia política. Como decía un abogado amigo: “Para ser mejor o peor, hay que parecerse más o menos a Alfonsín”. Al peronismo le conviene que esté vivo porque ha apostado a su desgaste y no a su muerte. Sabe que Alfonsín muerto sería más peligroso que vivo. Sería como el Cid Campeador, capaz de ganar una batalla después de muerto.

Yo hablo de otra cosa... hace rato que venimos estudiando todo esto. La muerte de Alfonsín deberá ser un símbolo, el poder deberá desangrarse entre las manos del pueblo enfurecido. Yo hablo de Alfonsín masacrado por el pueblo y hablo del día siguiente con Doña María aterrada pidiendo una mano dura contra la delincuencia y las patotas, hablo de consumidores pidiendo el control policial de la inflación, hablo de la burguesía diciendo que con los militares no pasaba esto... hablo de Brecht diciendo “Nada es más parecido a un fascista que un burgués asustado” ...

Depende, cuando son ceremonias improvisadas no son más de veinte hombres de civil los que están al lado. En casi todos los países las custodias usan revolver. El primer tiro es más rápido que en la pistola. Pero acá no... Casi todos usan la Browning nueve; algún sofisticado tendrá una Walter... — Pero además están los de uniforme. — Los uniformados, el edecán de turno, alguno que otro más. Pero lo que pasa es que cubren un círculo bastante grande. La línea que tienen que cubrir a veces llega a cien metros y es difícil que puedan poner más de un hombre por metro... Pensá que la avalancha de Garlopa concentra cincuenta muchachos en apenas dos metros. En los dos ensayos que hicimos, en llegar al objetivo se tardó cuatro segundos. — Pero sin custodia. — Sin custodia. Pero pensá que las avalanchas de entusiasmo que provoca Alfonsín son muy comunes. Yo calculo que los dos primeros segundos va a parecer una explosión de entusiasmo. La custodia se va a dar cuenta de lo serio de la situación cuando el caos sea total. Casi te puedo asegurar que va a haber pocos disparos, pensá que va a haber mujeres y chicos. — ¿Cuántos ensayos más van a hacer? — El de hoy es el último. — ¿Garlopa sabe que vas? — Sí. — Se va a esmerar. Te admira. — Yo también lo admiro. Lástima que tenga que morir. — ¿Lo van a matar? — Va a morir el día del atentado. Alfonsín y él son dos muertos fundamentales.

No lo puedo dejar vivo, es el único que me conoce. — ¿La patota de Garlopa sabe en lo que se mete? — No. Lo van a saber una hora antes. Van a saber que van a cobrar cada uno veinte mil australes... Creo que por Garlopa la mayoría lo haría gratis. — ¿Garlopa cuánto tendría que cobrar? — Cien mil. Por adelantado. — ¿A la mujer de Garlopa la conocés?  — No. Tiene un chiquito también. Lo adora. Lo hago seguir cada tanto para saber un poco más de él. Se la pasa en el hospital. Tiene un amigo con leucemia... Ahí es…

Sí, razonó, Leopoldo Fortunato, ese gran corajudo, fue traicionado porque le faltó inteligencia y le sobró alcohol.

Estados Unidos tiene desde hace rato una nueva estrategia de dominación y no le importa mejorar las relaciones con Gorbachov mientras convierta al bastión latinoamericano en una propiedad difícil de arrebatar. Reagan traicionó a Latinoamérica porque Latinoamérica es en definitiva un objetivo militar y, además, porque poco le importaba un militar argentino que tarde o temprano, como todos los uniformados del continente, tendría una nueva misión. En este caso, la de convertirse en el chivo expiatorio que osó levantarse contra el Imperio.

En el de sus compañeros de armas también prisioneros, el convertirse en chivos expiatorios pagando el desprestigio de la Doctrina de Seguridad Nacional. Las dictaduras ya no sirven para Estados Unidos. Ahora las acusan y las hacen acusar de hitlerianas, leyó en su propia mente. Heredia seguía en trance. Su objetivo era el poder y la CÍA un enemigo potencial en primera instancia

Para Heredia sus aliados debían ser por ahora esos personajes debilitados por la traición. Ese puñado de hombres creía firmemente lo que Heredia deducía porque juraban haber alcanzado una verdad. Como todas las verdades abstractas, esos hombres se enfrentaban a la realidad. Se grabó el capítulo de Honduras porque creyó ver en él una instancia más dentro de los planes de Reagan. Ese país se había convertido desde 1982 en la base militar norteamericana capaz de recibir hasta quince mil marines en menos de veinticuatro horas. El ejército hondureño, diseñado décadas atrás para combatir ferozmente al diablo comunista, ahora servía con entera indignidad a las tropas extranjeras. Reagan convirtió a Honduras en el mayor aeropuerto del mundo para invadir Nicaragua.

Así lo imaginó Heredia. Y en su mente una inmensa pista de aterrizaje se perdía en cada punto del horizonte. Luego levantó la vista y recordó un párrafo del artículo escrito por un lúcido militar argentino: “La regimentación de cada uno de los Estados impuesta por la Doctrina de Seguridad Nacional sirvió para que un grupo de privilegiados se enriqueciera más. Pero al mismo tiempo, una gran parte de la población se empobreció más y, por otra parte, contribuyó a mantener latente el peligro marxista porque fue una doctrina regresiva, defensiva y opresora.

Lo peor es que no proponía nada nuevo. Fue esencialmente una doctrina conservadora”. Cierto, pensó Heredia. Durante décadas los militares detentaron el poder y no supieron qué hacer con él…

Para el Pentágono, los nuevos esfuerzos militares estaban destinados a respaldar los llamados movimientos democráticos desde México hasta la Antártida. Los conflictos de baja intensidad eran sus cotidianas preocupaciones.

Por eso Caspar Weimberger consiguió para 1986 el mayor porcentaje de postguerra del presupuesto fiscal. El dinero estaba esencialmente destinado —supo Heredia— para las Special Operation Forces, conocidas como SOF. La propaganda gubernamental se empeñó en reflotar en la población la simpatía por la guerra de guerrillas. Para Reagan, Rambo era un soldado más en la lucha por venir.

Recordó un párrafo del Documento de Santa Fe de 1980 que concibió la política de Reagan para toda la década. En la tumultuosa catarata de letras que desfilaron por su cabeza fijó la parte dedicada a implementar desde Washington el acercamiento industrial entre Argentina y Brasil.

Al instante recordó los titulares de los diarios que a mediados de 1986, o sea seis años más tarde que el día que Reagan proyectó la medida, informaban del encuentro Alfonsín-Sarney concretando la orden del Imperio.

Con notable celeridad el Documento de Santa Fe fue reemplazado por un discurso del Secretario de Estado norteamericano, George Schultz: “Está próximo el momento en el que estaremos completamente listos para disuadir a los soviéticos de librar una guerra nuclear total o de atacar a nuestros aliados, pero no es del todo evidente que también estemos listos y organizados para impedir y contrarrestar la zona gris de los desafíos intermedios a los que con toda seguridad tendremos que enfrentarnos; los conflictos de baja intensidad de los que el terrorismo forma parte”.

Heredia releyó la Decisión de Seguridad 138 aprobada por Reagan el 3 de abril de 1984, que daba vía libre para preparar a los soldados norteamericanos a enfrentarse a compactos ejércitos revolucionarios. Así evocó su frase predilecta. “Cuando el fortalecimiento de los sectores de poder locales que se manejan desde Wall Street —repitió Heredia en voz baja— sean derrotados por las masas hambrientas, Estados Unidos estará dispuesto a enviar a sus tropas de élite para poner orden en el patio de atrás”.

Un pensamiento ocupó todo el espacio de su cuerpo. Esas mismas caras comenzaban a transformarse. Con un toque de magia Heredia las había trasladado en el tiempo para colocarlas en el futuro que sólo él controlaba. Las vio relajadas y distendidas como en el pasado público de cada una de ellas. Las notó alegres y nuevamente manchadas de soberbia…

Pero les descubrió un novedoso detalle: el de los hombres que escapan de una heladera que los mantuvo congelados durante años y observan el cadáver del verdugo que los colocó allí dentro.

También les sumó la ilusión de ese verdugo molido a palos. Así fue soñando cuadro a cuadro la película que cambiaría el rumbo de un pedazo de historia, porque a esos hombres se sumarían obispos, represores, mujeres, docentes y cada enano fascista que sobrevivió al congelamiento…

No sabe que, como todo escritor, está contaminado por la necesidad de apoderarse de cualquier cosa que pueda ser contemplada con ojos distintos. No sabe que, como todo escritor, es un omnipotente con la capacidad de enmarcar lo cotidiano y convertirlo en una obra de arte. No sabe nada. No sabe que la diferencia de nosotros tres con Guti no es tan grande. Los cuatro somos tres enfermos desesperados por ser escuchados…

 La mañana del día que mataron a Alfonsín, su chofer calentaba el motor del auto junto a la escalera de mármol de la residencia de Olivos.

Los motociclistas de la escolta tenían también encendidos los motores de las motos. Uno de ellos cada tanto llevaba su mano hasta el acelerador y lo accionaba un poco como preocupado porque el motor se detuviese. Otro se acomodaba el correaje, mientras pensaba en que tal vez su cuñado lo estafaba con el kiosco.

Los otros autos de la custodia llevaban cada uno cuatro hombres. Uno de ellos con una pistola ametralladora israelí marca UZI que la Brigada de San Justo había rescatado de una célula Montonera. Había ltacas, una PAM, otras armas, cajas con municiones, dos termos con café y galletitas.

El camino que la comitiva iba a hacer para ir de la Residencia de Olivos a la Casa de Gobierno variaba todos los días. Unos minutos antes de salir los choferes recibían el papelito indicándoles el camino correspondiente. Apenas llegaba el papelito ya todos sabían que Alfonsín aparecería, acompañado casi siempre por su hermano y secretario Guillermo Lucas Alfonsín. Conocían el seco y cordial saludo de ese presidente que ya habían aprendido a respetar y, tal vez, a querer.

Eran todos hombres seleccionados por alguna cualidad. Eran buenos tiradores y mantenían sus reflejos entrenados yendo dos veces por semana a tirar al bulto contra siluetas. Hacían un promedio de trescientos disparos semanales cada uno. Alfonsín había hablado en privado con todos ellos. Habían tomado café juntos. El Presidente conocía sus apellidos y en algunos casos sus nombres…

Alfonsín no le contestó. Se estaba bajando del coche en ese momento, pero había oído la pregunta... Ser presidente era eso, era casi no tener actitudes privadas, cualquier cosa que se hacía terminaba en formar parte de un estilo. Qué sabía él lo que hubiera hecho.

Lo más probable era que no se hubiera dado cuenta de que estaba dormido. Miró hacia adelante. El amplio corredor se extendía frente a él. Había puertas y ventanas, maceteros con plantas no muy bien cuidadas, baldosas preciosas y maderas lustradas. Había despachos donde muchos radicales habían constituido su particular espacio de poder. Eran sus amigos esos hombres. Algunos más amigos que antes, otros menos. La amistad había soportado infinitas situaciones. Las autoestimas respectivas habían aumentado o disminuido y el Presidente bien sabía que la amistad depende mayormente del amor a uno mismo…

Era un luchador hábil ese hombre que ejercía la Presidencia de la República. Era una lúcida figura que se había ganado el derecho a entrar en la historia a fuerza de coraje e inteligencia…

— ...una vez hablé en una plaza para once personas. Empecé con once. Dos se fueron, pero otras dos se incorporaron. Hablaba fuerte como si hablase a una multitud. Tendría que haber corrido otro agujero del cinturón, con la adelgazada se me caen los pantalones... Una vez le pidieron a Montgomery que hablara y Montgomery dijo: “Un buen discurso hay que decirlo con voz fuerte, creo que estoy hablando con voz fuerte, un buen discurso debe ser claro, creo que estoy siendo claro, un buen discurso debe ser breve, he dicho” ...

— ...Estoy acá como Presidente de los argentinos —pensó— si no hubiese muerto Balbín, ni él ni yo estaríamos acá. Estaría Luder. Estoy acá por una cantidad de circunstancias, pero también porque soy un peleador de mierda... toda la vida me la pasé peleando. ¿A quién habré salido tan empecinado? ¿Al viejo? Me olvidé de hacer pis antes de salir, ahora me jodo. Estoy metido con este país, carajo, estoy metido... es el metejón de mi vida. Tal vez a Perón le pasaba lo mismo, uno se enamora de su propio país como le pasa a esta gente. ¿Por qué están acá? ¿Por qué nos miran?

Tiene que ver con la idea de patria, tiene que ver con la necesidad de mirarse en un espejo que refleje lo que son y lo que quieren ser, porque la idea de patria es eso, es compartir un vínculo de uno mismo, con nosotros mismos... Sí, eso es el patriotismo, es como el amor de las parejas. En una pareja no es uno que quiere a otro, es uno que quiere a los dos, quiere a la pareja.

El patriotismo será una enfermedad, un infantilismo o lo que sea, pero existe. Ya lo creo que existe y este es un país de patriotas. Por eso es tan difícil de gobernar. ¿Qué pueblo en el mundo está tan pendiente del amor y el odio como nosotros?... Nuestra historia no es más que eso, una historia de amores y de odios.

Lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia; la pucha que ganas de hacer pis. Los pueblos de los países viejos están casados con sus países. Los pueblos como el nuestro están de novios con sus países. Cualquier cosa puede pasar con un pueblo enamorado... Este hombre que está hablando en este momento, este intendente, ¿a quién le habla? ¿Por qué habla? Tiene los ojos con lágrimas, la misma emoción que trasmite la tiene él. ¿Qué es lo que nos hace hacer estas cosas, es la necesidad de trascender? ¿Será una enfermedad la grandeza de los hombres, serán una enfermedad el arte, el patriotismo, el amor?... Esa parejita, al lado del palco. ¿Cuando están solos y se miran a los ojos serán dos enfermos intercambiando sus virus? La gente que da su vida por cualquier causa, ¿es enferma?, ¿Los artistas son enfermos? Ser sano en un mundo enfermo, ¿no será la más atroz de las enfermedades?

Ahí está el teniente coronel mezclado entre el público vigilando todo como siempre. ¿Qué sentirá ese hombre por su país, por su profesión, por mí? Qué trabajo tenso el suyo. Tiene que abarcar tantas cosas, hacer bajar medio metro la altura de este palco, cuidar mi comida, verificar los... bajar el palco... bajar el palco. ¿Cuáles son los departamentos que él neutralizaba bajando el palco medio metro? Ninguno, ninguno, se equivocó... No.… no es hombre de equivocarse... me mintió. Algo está pasando... la plaza está rara... estos muchachos... Estos muchachos no son radicales. Me quieren matar... Miró a sus custodias formando un gran semicírculo alrededor del bajísimo palco.

Comprendió que la línea defensiva dibujada por el teniente coronel era mucho más amplia, pero mucho más fina que de costumbre. Comprendió que ellos también habían sido traicionados y se decidió a actuar. La cara de Alfonsín se había transformado. Muy pocos le conocían esa cara.

La línea de su mandíbula se acentuó. Su mirada adquirió una autoridad enérgica y decidida. Su cuerpo se preparó para la acción. Se acercó al intendente y le dijo: —Déme el micrófono. Despeje el palco. Retire las mujeres primero. Cúbrase usted. Después, mientras el palco bullía a sus espaldas, por el micrófono llegó a decir: —Pueblo de mi patria. Hay momentos de la historia en que la muerte forma parte de la vida de los hombres. Este es uno de estos momentos. El Presidente de esta República que les está hablando va a ser objeto de un atentado. No sólo se está por atentar contra la vida de un Presidente de la República, sino también contra la vida de la República. Presumo que el enemigo no me va a dar tiempo para continuar con este idioma de las palabras, pero quiero que cada uno de ustedes guarde en sus memorias para siempre el idioma de los hechos... Miren bien esto. Miren bien esto que va a pasar y no lo olviden nunca.

Uno de los custodios ha disparado su arma tres veces seguidas y tras cada uno de los disparos ha caído uno de los muchachos. Cuando el palo cayó sobre su antebrazo la pistola no se desprendió de la mano. Incluso dejó escapar un cuarto disparo superpuesto al chasquido del hueso al quebrarse, pero quedó colgando hacia abajo como un inútil índice ortopédico señalando el suelo.

Un santiagueño gigantesco que lleva seis meses formando parte de la custodia presidencial es el primero en advertir el cuerpo de Alfonsín estirado en el suelo. Se tira sobre él para protegerlo mientras le dice: — Soy Taboada, —señor—. Todavía no sabe que le está hablando a un cadáver. La nuca del Presidente de los argentinos está destrozada. Su cara intacta, apoyada en el antebrazo izquierdo ni siquiera está manchada con sangre. La serena confianza que supo transmitir en vida permanece en sus facciones. El enorme santiagueño llora sobre su espalda mientras repite, como una plegaria: — Soy Taboada, señor…

— Ya tenemos un nuevo presidente. Ahí lo tienen a Víctor Martínez. Pero no llegó como pensábamos. El objetivo del plan fue cumplido, pero no como calculamos. Qué tipo, por favor... Dos minutos antes de morir nos tiró todo a la mierda, todo...

— Vos no estás en la calle como yo. Te aseguro que no hay nadie que esté contento con lo que pasó. — Ya lo sé. Los pueblos siempre se equivocan... — ¿Y ustedes? — ¿Quiénes somos “ustedes”? — Ustedes son ustedes... no pertenecen a ningún partido, ni a una clase social, ni a un estrato económico, pero están. Están en todos los partidos, en todas las clases sociales, en todos los estratos económicos; ¿qué es lo que los une? — El orden —contesta Heredia—. — ¿A qué llamás orden? — Es una forma de vida, de firmeza, de fuerza, de armonía, de respeto a ciertos principios… ¿Por qué? — Cuando sea gobierno, no voy a dejar un patotero suelto. Pero por ahora somos compañeros de ruta. Ahora más que nunca los necesitamos. Son muy pocos, igual que nosotros, pero saben hacerse oír…

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