Director: Silvio Verliac              

Chalup

Las personas se han asociado para vivir bien, para ser felices, planteó Aristóteles dos mil años atrás. Entonces, ¿Qué debe hacer el Estado, la organización política por excelencia, para que seamos felices en sociedad?

 

Si le prestamos atención a la ética aristotélica, notamos que está subordinada a la política, porque los griegos no conciben al hombre en estado de aislamiento, solitario o individualista, sino como ser social.

Para Aristóteles el fin del hombre es alcanzar la felicidad. Ahora, la dificultad consiste en determinar en qué consiste la felicidad.

 La felicidad  tiene que ser buscada por sí misma y nunca como medio para otra cosa, dice Aristóteles. Es el Bien, el fin supremo. Debe ser autosuficiente y por ello el hombre debe buscarla en sí mismo (no puede consistir en algo exterior a él)

Cada ser es feliz realizando la actividad que le es propia y natural. Y, puesto que lo propio del hombre es el pensamiento, la razón, resulta que sólo será feliz si vive conforme a la razón, señala Aristóteles. La actividad intelectual no es pura reflexión teórica, sino también práctica.

La actividad racional debe dirigir y regular todos los actos de la vida humana, y en esto consiste la virtud: "La felicidad es una cierta actividad del alma conforme a la virtud perfecta".

Si para Platón el ideal es hacer una ciudad justa, para Aristóteles es hacer una ciudad feliz.

La ciudad griega es una entidad dinámica, que tiende a conseguir un fin determinado, concreto, y este es la felicidad. En ésta consiste el bien tanto del hombre como de la ciudad. Y sólo en la comunidad política encuentra el hombre el bien, la felicidad, que es su plena realización.

El Estado, pues, tiene como fin la felicidad de los ciudadanos; los hombres no se han asociado para vivir, sino para vivir bien. Por "vivir bien" no hay que entender abundancia de bienes materiales (una "buena vida"), sino una vida conforme a la virtud: una vida conforme a las exigencias de la virtud, es decir, una vida regida por la razón en todos los comportamientos humanos.

Aristóteles da a la política un claro contenido ético, al poner a ésta bajo la tutela de la virtud, que se convierte en el fin y en el ideal a que debe aspirar la ciudad.

La auténtica misión y tarea del Estado es, pues, crear las condiciones para que se dé una vida buena y perfecta: tiene que satisfacer las necesidades primarias y materiales de los ciudadanos. El Estado está hecho para que la comunidad viva, no sólo biológicamente, sino para que viva bien. El bien y el fin coinciden, y el bien supremo es la Felicidad; por tanto, el Estado tiene que velar para que la ciudad alcance la Felicidad. Por Silvio Verliac

www.casatomada.ar