Adam Smith y Karl Marx exponen sus principales argumentos. Al finalizar – hombres cultos y educados – se dan la mano. Años después, toman sus ideas, y nos gobiernan.
Smith
Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones
El progreso a través de la división del trabajo
La división del trabajo ha mejorado considerablemente la productividad. En lugar de que un trabajador individual produzca un producto él solo, la producción también se puede dividir en pasos individuales y distribuirse entre varios trabajadores. Por ejemplo, un trabajador no calificado tal vez pueda producir unos pocos alfileres al día.
Esta actividad incluye 18 pasos de trabajo distintos. Pero si 18 trabajadores realizan solo uno de estos pasos a la vez, ¡pueden terminar con miles de alfileres al final del día!
De hecho, la división del trabajo es uno de los mayores logros de una sociedad progresista. Se formó porque las personas son propensas por naturaleza a intercambiar bienes. Cada individuo tiene diferentes talentos y, con ayuda de la economía de trueque, la gente podría especializarse en determinadas actividades: el panadero hornea pan, el sastre proporciona ropa, el carnicero, carne, y demás.
El mercado y la invención del dinero
Para que el trueque funcione se necesita un mercado donde los proveedores y los compradores se reúnan. El tamaño del mercado tiene una influencia directa en la escala de la división del trabajo.
Si el mercado es muy pequeño, la especialización no funciona. En un pueblo pequeño, por ejemplo, nadie necesita un cargador, pero, en cambio, en una gran ciudad hay una gran demanda de ellos.
Donde hay vías navegables, el comercio recibe un buen impulso. Un barco transporta mercancías más rápida y eficazmente y a mucha mayor distancia que lo que sería posible con carretas.
Pero para cualquier comerciante, la rapidez puede ser un problema: ¿Qué hace si no encuentra un socio con quien comerciar? La solución fue la invención del dinero como medio de intercambio.
Al principio se utilizaron como moneda productos naturales, como el ganado o la sal, pero a la larga se empezaron a usar metales preciosos. Para prevenir el fraude los metales preciosos se calibraban y se marcaban con grabados oficiales, así surgió la moneda acuñada.
Precio natural y precio de mercado
Sin embargo, a pesar del dinero, lo que expresa el verdadero valor de un producto es lo que le cuesta a una persona determinada la producción de este bien, cuyo valor corresponde al trabajo y esfuerzo que se requiere para producirlo.
Por ejemplo, si para matar a un castor se requiere el doble de esfuerzo que, para matar a un venado, entonces, el castor vale dos ciervos.
Por tanto, el valor real es el trabajo expresado en el valor de cambio. Este valor de un bien no fluctúa, porque siempre se le asocia la misma cantidad de trabajo: este es el precio real de una mercancía.
En cambio, el precio nominal sí puede fluctuar, por ejemplo, por la pérdida de valor del oro o la plata. Dependiendo de la riqueza o pobreza de una sociedad, los bienes generan precios típicos que corresponden aproximadamente al valor de los costos involucrados. Este es el precio natural de un producto.
La oferta y la demanda
Por lo general, el vendedor quiere obtener utilidades por la venta del producto. Si el vendedor no logra obtener este margen de beneficio, debe vender sus bienes al llamado precio de compra.
Esto, por supuesto, es realmente molesto, porque podría haber invertido su dinero en otros bienes. La ganancia perdida es también su pérdida. El precio de mercado es el precio que realmente se puede obtener y depende de la relación entre la oferta y la demanda en el mercado.
Si la oferta predomina, los precios caen. Por el contrario, los precios suben si la oferta es escasa. Si la oferta y la demanda están en equilibrio, probablemente la mercancía cambiará de propietario al precio natural.
Si un proveedor logra crear un monopolio, puede mantener la oferta de un producto artificialmente baja y conseguir así el precio más alto.
La remuneración del trabajo
Antes de que la tierra se convirtiera en propiedad privada y se acumularan grandes cantidades de capital en manos de gente rica, todas las ganancias de su trabajo le pertenecían al trabajador.
Pero hoy día cualquiera que haga uso de los terrenos debe ceder parte de sus ganancias. Lo mismo se aplica a los que trabajan para otros: el empresario siempre retendrá parte de las ganancias del trabajo.
Por supuesto, puede haber desacuerdos respecto al salario entre los empleadores y los empleados. Pero una cosa debe ser cierta: el salario nunca debe estar por debajo del nivel de subsistencia.
Junto al mercado de bienes, también existe un mercado laboral. Si aumenta la demanda laboral, los empleadores competirán entre sí para contratar a los mejores.
La composición y el uso del capital
Cuando aún no se había implementado la división del trabajo, nadie necesitaba capital ni acopio de provisiones. Si la gente tenía hambre, cazaba; si necesitaba ropa, utilizaba pieles de animales, y demás.
Pero desde que se introdujo la división del trabajo, fue necesario almacenar provisiones: materias primas para su trabajo, alimentos y vestimenta para la familia.
Los que tienen más de lo necesario tratarán de obtener beneficios de este excedente. Esto se convierte en su capital.
Se pueden distinguir dos tipos de capital. Cuando producimos bienes, hablamos de capital circulante. Las máquinas, las herramientas o los terrenos se denominan capital fijo o activos fijos.
Lo mismo que se aplica al capital de las personas se aplica al capital de todo el país, pero existe una parte de la riqueza de un país que se utiliza de inmediato y no produce utilidades.
La segunda parte son los activos fijos que consisten, por ejemplo, en la maquinaria, los negocios, los terrenos e incluso las habilidades de sus ciudadanos.
El capital circulante del país está compuesto por todo el dinero circulante, sus reservas de provisiones, los bienes a medio terminar y los terminados.
En cuanto al dinero, el papel moneda es mucho más fácil de producir y mantener que las monedas de oro y plata. Además, el papel moneda es igual de eficiente, conveniente y seguro, siempre y cuando el poder adquisitivo del dinero siga siendo el mismo.
La decadencia de la agricultura
Existe un orden natural que controla el uso del capital. Las personas que viven de los frutos del trabajo en el campo deben invertir, en realidad, la mayor parte de su fortuna en la agricultura.
Así, el comercio, incluso el comercio exterior con otros países, pasaría a segundo plano para ellas. Pero este orden se revirtió cuando se desarrollaron los Estados europeos modernos. En ese entonces, el comercio exterior estimuló al comercio y juntos llevaron a mejoras importantes en la agricultura.
Pero después de la caída del Imperio Romano, el cultivo de la tierra y la crianza de ganado empezaron a tambalearse en la historia de Europa. Los bandidos que destruyeron el Imperio también desarticularon el fructífero comercio entre las ciudades y la población rural. Como consecuencia, las ciudades se debilitaron y los agricultores abandonaron sus campos.
La libertad y la propiedad
Europa Occidental cayó víctima de la pobreza y algunos grandes terratenientes se apoderaron de los campos en barbecho. La tierra perdió su importancia como medio de subsistencia y se convirtió en un símbolo de poder y protección.
Los agricultores de esa tierra se subordinaron a sus señores feudales, los terratenientes, de muchas formas: los señores feudales eran dueños no solo de la tierra, sino también de las semillas y el ganado.
Básicamente, los agricultores eran poco más que esclavos y nunca se hacía nada más que lo necesario, porque la gente solo se esfuerza y hace todo lo posible para que su cosecha sea rica si puede disfrutar de los frutos de su trabajo.
Cada grado de libertad adicional que se dé a los agricultores llevará también a una mayor productividad, una mejor cosecha y, en resumen, a mayor riqueza.
El surgimiento de las ciudades
A diferencia de la población rural, los habitantes de la ciudad obtuvieron libertad e independencia mucho antes.
Los artesanos y comerciantes que vivían en las ciudades eran favorecidos a veces por sus protectores mediante la exención del peaje en puentes y pasos, el impuesto de capitación y otros tributos.
Los habitantes de las ciudades también eran libres en otras formas: podían elegir representantes populares, unirse en comunidades y decidir por sí mismos quién heredaría todos sus bienes.
“Es posible que la división del trabajo incremente y mejore las fuerzas productivas del trabajo más que cualquier otra cosa””.
Los ciudadanos podían construir muros y establecer sus propias defensas, mientras que los agricultores estaban sin protección ante cualquier intrusión.
Sin embargo, el aumento de las ciudades también benefició a la población rural, ya que estas ofrecían un mercado adecuado para los productos agrícolas.
Los habitantes de las ciudades compraban tierras en barbecho y las cultivaban; el orden, las leyes y la seguridad de las ciudades se extendieron a todos los pueblos de los alrededores.
Las tareas del Estado
Los intentos del Estado por impulsar o restringir la economía en diferentes sectores son perjudiciales, ya que, en lugar de fomentar el progreso, lo coartan.
El objetivo debe ser el libre desarrollo de todos los participantes del mercado.
Mientras cumplan con las leyes y normas, deberían estar expuestos al libre juego de las fuerzas del mercado. Por supuesto, el Estado tiene tareas específicas que los individuos privados nunca podrían realizar, que son las siguientes:
- Defensa nacional– La primera obligación del Estado es proteger a sus ciudadanos contra ataques hostiles. Para ello, debe tener un ejército o, por lo menos, una milicia.
- Justicia– Para que impere la ley y prevenir la violencia entre ciudadanos, el Estado debe proporcionar tribunales, administración judicial y policía.
- Instituciones públicas– El Estado debe hacerse cargo de todas las instituciones en las que los individuos privados no pueden obtener utilidades. Estas incluyen escuelas y universidades, pero también iglesias, calles, puentes y canales.
“El hombre depende de su trabajo para vivir y su salario debe ser lo bastante alto para que por lo menos pueda sobrevivir con él””.
Para que el Estado pueda llevar a cabo estas tareas, depende de los ingresos fiscales. Son admisibles los impuestos sobre pensiones, utilidades y salarios. El principio más importante de los impuestos es que estos deben imponerse en una proporción predeterminada y lógica de los medios de los ciudadanos.
Solo se puede gravar la parte de los ingresos ganada bajo la protección del soberano.
Marx
El Capital. Crítica científica del capitalismo
La mercancía y su valor
Las mercancías son la esencia de la riqueza en las sociedades capitalistas.
Son artículos que pueden satisfacer necesidades, ya sea directamente (como alimentos contra el hambre o ropa contra el frío) o indirectamente (por ejemplo, una máquina para producir chaquetas abrigadoras). Cada mercancía tiene, por naturaleza, dos tipos de valor:
Valor de uso – Es una medida de la utilidad de una mercancía. Se “adhiere”, por así decirlo, a la mercancía, por lo que no puede considerarse separado de ella. El valor de uso es totalmente independiente de la cantidad de trabajo invertido, es decir, al comprador de una tonelada de acero no le importa cuánto esfuerzo se necesitó para elaborar este acero.
Valor de cambio – Se refiere a la relación en la que una mercancía determinada puede intercambiarse por otra. Por ejemplo, un kilogramo de trigo podría ser equivalente a 100 ml de betún para calzado.
“La riqueza de las sociedades en las que prevalece el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías’, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza””.
Para poder comparar mercancías totalmente diferentes, deben contener algo que sea idéntico en todas. ¿Qué tienen, pues, en común una tonelada de acero y una paca de la más fina tela? El tiempo empleado para su producción.
Este le asigna su valor a la mercancía y, aún más, genera un valor a partir de ella.
Por consiguiente, el valor de la mercancía puede medirse por medio del trabajo, y este, por medio del tiempo laboral utilizado. Así, los trabajos más exigentes y complejos pueden considerarse como trabajos sencillos multiplicados.
De esta manera, a partir de la actividad simple, es posible comprender cualquier trabajo por complejo que sea.
La fuerza productiva del trabajo
La fuerza productiva del trabajo puede ser muy diferente: de acuerdo con la naturaleza, el nivel de organización social, el estado técnico, la investigación científica y la habilidad de los trabajadores, con una hora de trabajo se puede producir una cantidad mayor o menor de mercancías. Encontrar diamantes es laborioso y requiere mucho tiempo.
Si de pronto se descubre una rica mina de diamantes, la fuerza productiva del trabajo aumentaría inmensamente, porque no habría que excavar tanto para encontrar una cierta cantidad de las codiciadas gemas.
Lo mismo ocurre con los desarrollos tecnológicos; el progreso potencia la fuerza productiva del trabajo, porque gracias a los inventos, las máquinas y demás, se pueden producir más mercancías en menos tiempo.
“Un valor de uso o bien, por consiguiente, solo tiene un valor porque en él está objetivado o materializado un trabajo abstractamente humano”.
Hay bienes que, a pesar de que tienen valor de uso, no pueden describirse como mercancías. En general, se trata de bienes que se producen para uso personal.
Pero para que sean mercancías, deben tener un valor de uso social, es decir, deben ser negociables. El valor solo tiene un artículo de uso. Si un bien no es útil, tampoco tiene valor.
El dinero y el carácter fetichista de la mercancía
El intercambio de mercancías se simplificó rápidamente en la historia de la humanidad al utilizar formas de equivalencia general –conchas, animales o metales preciosos– como medio de intercambio.
Las monedas de metales preciosos son particularmente populares: se subdividen fácilmente en diferentes cantidades y poseen el valor suficiente para ser aceptadas como sustituto para otros bienes.
Sin embargo, el valor de mercancía del dinero perdió cada vez más importancia; el dinero se convirtió en una encarnación abstracta del valor de cambio: nació el papel moneda, cuyo valor material, a diferencia de las monedas, no tiene nada que ver con su función como medidor del valor.
“A primera vista una mercancía parece una cosa obvia, trivial. Su análisis demuestra que es una cosa muy complicada, llena de sutilezas metafísicas y caprichos teológicos”.
Las mercancías se convirtieron en fetiche para los humanos: se independizaron y recibieron un aura misteriosa.
La razón es que el individuo que intercambia una mercancía o dinero por otra mercancía ya no está directamente vinculado con el tiempo de trabajo “incorporado”.
Para un siervo de la Edad Media, que básicamente consumía y poseía solo lo que él mismo producía, el producto de su trabajo no podía ser un fetiche. El carácter fetichista (por ejemplo, la calidad de venerable) de la mercancía solo existe porque realmente hay mercancías, es decir, bienes intercambiados dentro de la sociedad.
El ciclo de mercancía y dinero
Con la circulación de las mercancías, se forman los precios. Los precios son una medida del trabajo vinculado con las mercancías. Sin embargo, los precios pueden ser demasiado altos o demasiado bajos.
La circulación real de las mercancías ocurre cuando se intercambian mercancías por medio del dinero, por ejemplo, un tejedor vende el producto de su trabajo y, a cambio, recibe una cierta cantidad de dinero. Con ese dinero compra, por ejemplo, una biblia para la inspiración familiar.
De esta manera intercambia su dinero por una mercancía y, por consiguiente, por el trabajo de otros. La circulación, por tanto, sigue el principio
“La circulación del dinero como capital es, en cambio, un fin en sí mismo, pues la valorización del valor existe únicamente dentro de este proceso constantemente renovado. El movimiento de capital, por tanto, no tiene medida. Como agente consciente de este movimiento el poseedor de dinero se convierte en capitalista. Su persona, o mejor dicho, su bolsillo, es el punto de partida y retorno del dinero”.
mercancía → dinero → mercancía
O, dicho de otra manera, el trabajador intercambia una pieza elaborada con trabajo propio por una pieza elaborada con trabajo ajeno.
Pero existe aún otro ciclo. A saber, cuando el dinero ya no desempeña el papel de intermediario, sino el de protagonista, entonces el principio
“D–D, dinero que incuba dinero, reza la definición del capital en boca de sus primeros intérpretes, los mercantilistas”.
dinero → mercancía → dinero
describe el nacimiento del capital. Las mercancías no se compran porque representan un valor de uso, sino que se compran para venderlas y acumular más capital.
Así que aquí no se trata del valor de uso, sino del valor de cambio, o mejor dicho, del plusvalor que incrementa el capital. ¿A dónde conduce este proceso? A cada vez más capital: más dinero → mercancías → todavía más dinero, y demás.
El ciclo de mercancías tiene el objetivo final de satisfacer necesidades. El ciclo de dinero –que, por supuesto, presupone la existencia del ciclo de mercancías– es, en cambio, puramente un fin en sí mismo.
El poseedor del dinero que controla este proceso es el capitalista, que tiene un único principio: hacerse rico y cada vez más rico.
La fuerza de trabajo vendida
¿Pero de dónde viene el plusvalor? Si se intercambian mercancías y dinero, no hay ninguna “fábrica de plusvalor” sin descubrir en este proceso. Pero sí existe en un tipo muy específico de mercancía, se trata de la fuerza de trabajo del trabajador, el cual la vende como una mercancía.
El valor de la fuerza de trabajo se mide de acuerdo con los gastos que el trabajador requiere para su existencia.
Aparte de los alimentos, estos son histórica y culturalmente diferentes, según lo que se considere como mínimo de subsistencia en una época y cultura determinadas. El valor de cambio del trabajo, es decir, el salario que el capitalista le paga al trabajador por un día entero de su trabajo, solo asegura su mínimo de subsistencia.
Pero el valor de uso del trabajo es mayor para su comprador, el capitalista. Este plusvalor beneficia al capitalista, pues su dinero invertido se convierte en capital.
“La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía es que su poseedor, en lugar de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, deba, por el contrario, ofrecer como mercancía su propia fuerza de trabajo, que solo existe en su corporeidad viva”.
Las materias primas y los medios de trabajo (las máquinas) que utiliza el capitalista en el proceso de producción son capital constante.
Esto significa que su valor no cambia durante el proceso de producción. La situación es distinta con la fuerza de trabajo: aporta el valor que se le paga al trabajador como salario y, además, un plusvalor. La parte de capital invertida en forma de fuerza de trabajo puede, por consiguiente, denominarse capital variable.
La ciencia de la explotación del trabajador
El comercio de la fuerza de trabajo como mercancía tiene como consecuencia que, al final del día, en lugar de un producto hecho por él mismo, el trabajador solo tiene el dinero que le paga su empleador por la entrega de su trabajo. Se pierde la cercanía con los bienes elaborados: el trabajador se distancia de su trabajo porque su resultado ya no es de su propiedad, sino del capitalista. Se aliena. Se separa.
El trabajo es un componente integral de la personalidad humana. Pero, en particular, el trabajador industrial, que realiza actividades especializadas y estúpidas, ya no tiene ninguna relación con su trabajo. Pero, después de todo, ¿por qué el trabajador tiene que vender su fuerza de trabajo? En la mayoría de los casos, porque no posee los medios de producción (por ejemplo, máquinas o materias primas) que necesita para la elaboración independiente de productos, ya que estos están casi exclusivamente en manos de los capitalistas.
“El producto es propiedad del capitalista, no del productor directo, es decir, del obrero”.
De la fórmula “plusvalor / trabajo necesario” se puede deducir la tasa de plusvalor, la cual describe el grado de explotación del trabajador que, de esta manera, aporta el plusvalor de su trabajo.
Cada hora que el trabajador trabaja para el capitalista más allá del tiempo necesario para la supervivencia, solo le aporta valor al capitalista, no al trabajador.
Por supuesto, el capitalista busca incrementar el plusvalor mediante la extensión de las horas laborales (por ejemplo, al convertir un día de doce horas en uno de dieciocho horas) o al aumentar la parte del horario laboral de plusvalor en la jornada laboral total. Esto se logra al aumentar la productividad con el mismo salario constante.
La acumulación de capital
El capitalista practica con su dinero la acumulación de capital (acopio).
Reinvierte una parte del dinero para adquirir más medios de producción.
De esta manera se inicia un proceso de autorrefuerzo. Con la acumulación de capital intensiva, la productividad aumenta enormemente, por ejemplo, mediante el progreso técnico. Si la población crece al mismo tiempo que este incremento en la productividad, se forma un “ejército de reserva industrial”, un ejército de desempleados.
El capitalista solo tiene que chasquear los dedos y los nuevos trabajadores en la miseria están dispuestos para emplearse incluso por un salario menor. Así, los trabajadores compiten entre ellos y el capitalista es el beneficiario de este proceso.
En la misma medida en que aumenta la riqueza de los capitalistas, se incrementa la miseria de la clase trabajadora. El trabajador debe someterse a la ley de la máquina, extender o acortar su jornada laboral, reubicarse o tomar otras medidas para satisfacer al capitalista.
La sobrepoblación hace posible que el capitalista encuentre siempre suficientes trabajadores dispuestos a laborar (o forzados a laborar) para poder salir del ejército de reserva.
La lucha de clases
La relación entre el capitalista y el trabajador no se refiere mucho a una relación personal entre dos personas, se trata más bien de una relación entre clases, la clase trabajadora y la clase capitalista, que han estado luchando desde hace siglos por el pusvalor del trabajo.
Esta relación se ha caracterizado siempre por la violencia. Sus raíces se encuentran en la sociedad feudal de la Edad Media.
Solo después de que esta se disolviera y los antiguos siervos se convirtieran en personas libres, estos pudieron ofrecer su fuerza de trabajo en el mercado. O, mejor dicho, fueron golpeados y lanzados a la esclavitud asalariada.
Una ola de expropiación se extendió por los países, sobre todo en Inglaterra: primero, los agricultores fueron expulsados de sus tierras de cultivo, porque estas se usaban como pastizales y luego, en el transcurso de la Reforma, los favoritos reales confiscaron las propiedades de la Iglesia que se vendían entre ellos.
La pequeña propiedad privada en manos de muchos se convirtió en propiedad privada extensa en manos de pocos.
Además, en los siglos siguientes, los actos de violencia fueron legitimados más tarde por la ley.
Compilación y edición: Silvio Verliac