AFA sancionó a Estudiantes de La Plata por el pasillo de espaldas a Rosario Central. El foco no está en el gesto, sino en la cadena de decisiones que lo hizo posible. Un fallo jurídico con lenguaje moral, que revela la trama del poder en el fútbol argentino.
El Tribunal de Disciplina de AFA publicó el fallo completo sobre el gesto de Estudiantes de La Plata en el pasillo al campeón designado, Rosario Central. Desde el principio queda claro que no se trata solo de un acto simbólico desprolijo ni de una provocación que llamó la atención. El documento avanza sobre un punto más profundo: la orden que dio origen al acto, su carácter deliberado y el modo en que la dirigencia del club asumió —o desestimó— la idea de “homenaje obligatorio”.
La sanción más visible es la de Juan Sebastián Verón. Seis meses de suspensión para toda actividad vinculada al fútbol argentino. Es una pena excepcional y no tanto por el gesto en sí, sino por lo que representa dentro del orden institucional: un presidente que admite haber dado una instrucción contraria al protocolo, y un Tribunal que, lejos de limitarse a los hechos, construye un relato moral con lenguaje jurídico para condenarlo.
Además de las sanciones deportivas, el fallo impone al club una multa de 4.000 v.e.. En el Código Disciplinario de AFA, “v.e.” significa valor de entrada: una unidad económica que equivale al precio de la entrada general vigente. Traducido al presente, implica una suma considerable. Según los valores actuales de las entradas, la multa representa entre 92 y 120 millones de pesos. Un promedio razonable ubica la cifra alrededor de los 105 millones. Es un monto relevante que no suele aparecer detallado en los comunicados, pero que forma parte del impacto real del fallo.
El fallo se apoya en un único artículo del Código Disciplinario, el 12, un tipo amplio que habilita a sancionar cualquier conducta “ofensiva”, “reprobable” o “contraria al juego limpio”, incluso si no está prevista expresamente en el reglamento. Allí entra todo. Y el Tribunal lo usa para dar un paso más: describe el pasillo de espaldas como una forma de “violencia simbólica”, un concepto para reforzar la idea de que lo ocurrido trasciende la cancha.
No es casual. En los considerandos, el documento subraya que el pasillo no es solo un acto formal sino un reconocimiento público al campeón. Y que desnaturalizarlo afecta la imagen del fútbol y la autoridad de sus instituciones. El texto insiste: lo grave no es solamente el gesto, sino la decisión de encolumnar al plantel detrás de una postura que se transforma en mensaje colectivo.
Por eso también se sanciona a los jugadores y al capitán, más allá de que el propio fallo reconoce que la orden provenía de la dirigencia. Y por eso se abre una investigación sobre los demás integrantes de la Comisión Directiva. Es un llamado de atención que excede lo deportivo y marca, sobre todo, un límite político.
La lectura más evidente es que AFA busca dar un mensaje interno en un momento de reacomodamiento de poder. Lo hace con un fallo jurídico/político, revestido de una carga moral que pretende ser ejemplificadora. Genera un precedente por un acto simbólico que no derivó en violencia ni en incidentes de seguridad, pero se interpreta que este episodio es leído como desafío a la AFA más que como una irreverencia a Central.
Todo lo demás, las dos fechas de suspensión para los jugadores en el próximo torneo, los tres meses sin brazalete para el capitán del equipo, funcionan como refuerzo. El corazón del fallo es la suspensión de Verón y la multa al club. Un castigo que apunta a restablecer la noción de autoridad en un sistema que sostiene protocolos que pocas veces se discuten, pero que ahora sirvieron para fijar una frontera, y dejar en claro quién manda en el fútbol.
Redacción Casa Tomada