El orden global posterior a la Guerra Fría se desdibujó y todavía no fue reemplazado. En este escenario aún incierto, Argentina no aparece como un bloque homogéneo, sino como un mapa de regiones con oportunidades y riesgos distintos. Energía, minerales críticos, agro, industria y economías regionales se insertan de manera desigual en la nueva geopolítica global.
Un mundo más fragmentado, menos previsible
La globalización, tal como se la conoció, entró en crisis. La competencia entre potencias, los conflictos armados, la relocalización de cadenas productivas y la seguridad energética redefinen prioridades. En este contexto, los países ya no son evaluados solo por su desempeño macroeconómico, sino por qué recursos estratégicos poseen, dónde se ubican y bajo qué reglas se explotan.
Durante décadas, el funcionamiento del sistema internacional se apoyó en un conjunto relativamente estable de reglas, instituciones y consensos surgidos después de la Segunda Guerra Mundial. Ese orden, basado en el comercio y el multilateralismo, comenzó a erosionarse de manera visible a partir de la crisis financiera global de 2008. En 2025 y en el comienzo de este 2026, esa erosión dejó de ser un proceso gradual para convertirse en un dato estructural.
El mundo ya no opera bajo la lógica de la integración creciente, sino bajo una dinámica de fragmentación. La geopolítica volvió a ocupar un lugar central en las decisiones económicas y los flujos comerciales se reorganizan en función de afinidades políticas y criterios de seguridad. Las cadenas globales de valor priorizan previsibilidad y control antes que eficiencia.
No se trata de un cambio discursivo, sino de una transformación concreta del modo en que los Estados, las empresas y los mercados toman decisiones. Este desplazamiento es observable en múltiples planos: el comercio entre países considerados aliados crece a mayor velocidad que el intercambio entre rivales estratégicos, y las disputas comerciales dejaron de ser excepcionales para convertirse en una herramienta regular de política exterior.
El gasto militar global se incrementa de manera sostenida, mientras que los mecanismos de resolución multilateral de conflictos pierden capacidad de incidencia. Según el Global Peace Index 2025, los indicadores que anticipan conflictos interestatales se ubican en su nivel más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial, mientras que el presupuesto destinado a operaciones de mantenimiento de la paz representa apenas el 0,52% del gasto militar global, el registro más bajo en dos décadas.
En este contexto, hablar de un “nuevo orden” puede resultar engañoso. Más que un sistema alternativo plenamente configurado, lo que se observa es una etapa de transición inestable, caracterizada por reglas más difusas, acuerdos parciales y un margen creciente de discrecionalidad por parte de las grandes potencias. La previsibilidad que ofrecía el orden anterior se reduce, y con ella se estrechan los márgenes de maniobra para los países con menor peso relativo.
Este escenario no determina resultados automáticos ni trayectorias predecibles en su totalidad. Lo que sí establece es un marco más exigente y una aceleración en la innovación, donde las decisiones estratégicas, los alineamientos y la capacidad de lectura del contexto internacional adquieren un peso mayor que en etapas anteriores.
El juego de las potencias
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia global, pero ejerce ese poder de manera distinta. El liderazgo institucional cede terreno frente a una estrategia que privilegia la negociación bilateral, la presión económica y el uso explícito de instrumentos comerciales y financieros. El repliegue no implica ausencia, sino una redefinición del modo en que se administra la influencia: menos árbitro del sistema, más actor que fija condiciones.
China, por su parte, impulsa un modelo alternativo basado en el fortalecimiento de vínculos bilaterales y regionales, especialmente con el Sur Global. Su estrategia combina financiamiento, infraestructura y comercio, con un control creciente sobre sectores estratégicos (minerales críticos y tecnologías de transición energética). Sin presentarse como garante de un orden global, Pekín construye redes de dependencia económica que le otorgan capacidad de influencia estructural.
En paralelo, potencias medias como India, Brasil, la UE, Arabia Saudita o Indonesia amplían sus márgenes de autonomía relativa, aprovechando la competencia entre grandes actores para diversificar alianzas.
Los datos de la Organización Mundial del Comercio acompañan esta lectura: el intercambio entre aliados estratégicos crece por encima del comercio con rivales, tendencia acelerada tras la guerra en Ucrania. Las medidas restrictivas —aranceles, subsidios, controles— se multiplicaron, erosionando la noción de previsibilidad. Para los países con menor peso relativo, esto reduce los márgenes de neutralidad y eleva el costo de no definir una estrategia clara de inserción internacional.
Argentina: alineamiento y asimetrías
Para países como Argentina, que ingresan a esta fase con fragilidades estructurales, el cambio de época no funciona como promesa ni como amenaza, sino como un condicionante que redefine costos, oportunidades y límites.
Argentina no se insertó en este escenario desde una posición neutra. Desde el inicio de su gestión, el gobierno de Javier Milei adoptó un alineamiento explícito con Estados Unidos y el bloque occidental. Esta decisión tuvo efectos inmediatos: en 2025, el respaldo de Washington se tradujo en apoyo financiero clave (FMI y mecanismos excepcionales) que funcionó como un ancla para estabilizar expectativas en un momento de vulnerabilidad.
Sin embargo, los alineamientos no son gratuitos. El vínculo con EE.UU. convive con una fuerte relación económica con China, consolidada como socio comercial y financiero. La tensión quedó explícita cuando el Tesoro estadounidense planteó revisar el vínculo financiero con China como parte del esquema de apoyo. Esto expuso una realidad estructural: la política exterior y la económica ya no son esferas separadas. Argentina debe administrar dependencias cruzadas, aceptando condicionamientos que limitan su flexibilidad estratégica.
El impacto de este escenario no es homogéneo dentro del territorio nacional. Mientras algunas regiones concentran recursos estratégicos (energía, minerales, alimentos), otras dependen de actividades con menor valor agregado. El nuevo orden tiende a premiar a los territorios con activos críticos y a desdeñar aquellos cuya producción no se integra a las prioridades globales.
Energía y minerales: donde el mundo posa la mirada
Vaca Muerta se consolidó como el principal activo energético del país, explicando hacia 2025 más del 60% de la producción nacional de petróleo y la mayoría del gas natural. Su relevancia es geopolítica: en un mundo donde la seguridad energética es central, su proyección es vital.
El Noroeste Argentino (NOA) emerge como región estratégica por su dotación de minerales críticos. Aportó el 6% de las exportaciones nacionales en 2025. El litio es el activo fundamental: Argentina ocupa el cuarto lugar mundial en producción, rozando las 100.000 toneladas de Carbonato de Litio Equivalente en 2025 (+75% interanual). Con siete proyectos operativos y precios recuperados (superando los 20.000 USD/tonelada), la región es clave para la electromovilidad global.
El potencial del cobre también es enorme: proyectos como Taca Taca o MARA en Salta y Catamarca proyectan inversiones millonarias para el periodo 2027-2031. Además, el NOA mantiene economías regionales fuertes (limón y azúcar en Tucumán, tabaco en Salta y Jujuy). Sin embargo, enfrenta desafíos de infraestructura y la necesidad de industrializar el recurso para no replicar modelos extractivistas. El Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) posiciona a la región favorablemente frente a competidores como Chile o Bolivia.
Cuyo: entre la vid y el cobre
La región de Cuyo representó el 5% de las exportaciones nacionales en 2025. Mendoza consolida su liderazgo vitivinícola global (más de 1.000 millones de USD exportados en 2024), complementada por San Juan y un complejo olivícola récord.
Sin embargo, un verdadero potencial estratégico de Cuyo en el nuevo orden reside en el cobre. Proyectos sanjuaninos como Los Azules, El Pachón y Vicuña podrían transformar radicalmente la economía regional. El desafío es equilibrar la identidad vitivinícola-turística con el desarrollo minero, gestionando las tensiones ambientales (uso del agua) y capturando valor agregado local.
La Región Pampeana: fortaleza y límites
La Pampa Húmeda sigue siendo el corazón exportador (60% del total), con eficiencia de clase mundial. La campaña 2024/2025 mostró recuperación en trigo y soja, impulsada por mejores precios hacia finales de 2025 y acuerdos China-EE.UU.
No obstante, la región enfrenta un "elefante en la habitación": el vaciamiento rural. La cantidad de explotaciones cayó dramáticamente en las últimas décadas y los productores reportan dificultades laborales y pérdida de rentabilidad por degradación de suelos. La sostenibilidad del modelo requiere abordar urgentemente este éxodo y la captura de mayor valor industrial.
El acuerdo UE-Mercosur podría ampliar mercados para el agro, pero amenaza a la industria manufacturera concentrada en el eje Buenos Aires-Córdoba-Santa Fe, que teme una competencia asimétrica.
El NEA: baja visibilidad, alta identidad
El Noreste Argentino explicó el 1% de las exportaciones, pero con fuerte identidad productiva. Misiones lidera la yerba mate y el té, sumado al complejo forestal. Más que una región ausente, el NEA es una economía con baja visibilidad estratégica que depende de decisiones internas de integración e infraestructura.
Patagonia: recursos, escala y tensiones
La Patagonia, segunda región exportadora (15% del total), combina hidrocarburos, pesca y minería. El complejo pesquero lideró en 2024 con más de 2.000 millones de dólares (langostinos y calamar), aunque gran parte del procesamiento se hace fuera de la región.
Chubut y Santa Cruz mantienen producción de hidrocarburos, mientras Tierra del Fuego sostiene el off-shore. El potencial minero es alto (oro y plata en Santa Cruz, hierro en Río Negro), pero enfrenta resistencias sociales y legales, como la moratoria en Chubut.
Un dato novedoso es la agricultura de alto rendimiento en valles irrigados de Río Negro, con rindes de soja y trigo que en algunos casos superan a la Pampa Húmeda, exportando vía Bahía Blanca. La región enfrenta el desafío de la baja densidad poblacional y los costos logísticos, debiendo equilibrar la explotación de recursos con la preservación ambiental.
Conclusión: Un país desigual en un mundo incierto
Argentina no enfrenta un único desafío, sino múltiples y simultáneos. Energía, minerales, agro e industria responden a lógicas distintas.
En la fragmentación global, Argentina posee activos estratégicos de primer orden (litio, cobre, energía, alimentos) cuya demanda se acelera por la rivalidad EE.UU.-China. Pero el dilema no es solo económico, sino político: ¿Cómo convertir recursos en desarrollo? ¿Cómo evitar ser un mero proveedor de materias primas?
La respuesta definirá no solo el posicionamiento internacional, sino la viabilidad y cohesión territorial del país. En este escenario, la estrategia será el factor decisivo.
Silvio Verliac
Casa Tomada