Director: Silvio Verliac              

Chalup

El mapa político argentino dejó pocas dudas: La Libertad Avanza dominó el escenario nacional y tiñó de violeta buena parte del país.

 

La sorpresa mediática es tan visible como el desconcierto intelectual: después de meses de pronósticos pesimistas y editoriales hostiles, los resultados revelaron una brecha entre la lectura de las élites y el pulso ciudadano. Mientras los analistas hablaban de “la inminente caída del voto libertario”, la gente sostuvo una idea simple: es peor volver al pasado que seguir atravesando el presente.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo de Argentina. Nadia Urbinati lo describe como el resultado de un desencuentro entre sistemas políticos cada vez más cerrados y sociedades que buscan otras voces para expresar su malestar. En ese contexto, la elección no fue un acto de fe, sino de distancia: un voto que dice “no me convencen, pero tampoco quiero volver atrás”.

En su obra Me the People (2019), la politóloga italiana-estadounidense explica que esta forma de representación que encarna un político como Milei, no destruye la democracia desde afuera, sino que la transforma desde adentro, reemplazando la idea de representación plural por una de identificación directa entre el líder y “el pueblo verdadero”.

Urbinati advierte que en estas democracias que designa “disfiguradas”, los ciudadanos votan como forma de defensa, no ya de esperanza. No se trata de creer, sino de impedir el regreso de quienes simbolizan un pasado rechazado.

En ese marco, lo que se vio en Argentina puede leerse como una expresión urbinatiana: una elección que no premia, sino que evita.
El electorado no abrazó un sueño nuevo, simplemente decidió no revivir lo viejo. Y esa decisión —paradójicamente— fortalece a quienes mejor interpretan el clima de distanciamiento entre élite y ciudadanía.

Entre Ríos, un capítulo aparte
 

La provincia, bajo la conducción de Rogelio Frigerio, mostró un tono distinto. Su gestión pragmática, perfil técnico pero de diálogo amplio, lo posicionó como un gobernador capaz de convivir con el oficialismo nacional sin romper con su identidad provincial. Entre Ríos votó violeta, pero con un matiz: es coherente con una administración que supo sostener equilibrios.

Frigerio ha entendido hace rato ya, algo que otros aún buscan: la política no es una trinchera, sino un espacio de adaptación constructiva. Y ese realismo es, quizás, lo más parecido a una rareza en estos tiempos.

 

CT