Director: Silvio Verliac              

Chalup

22 de diciembre de 1978. A la medianoche. Esa era la hora y el día pactado. En Argentina gobernaba una junta militar, en Chile también. Las desgrabaciones que dan cuenta de lo cerca que se estuvo.

 

Antecedentes de la situación

Cuando el Rey Don Carlos III creó el Virreinato de la Plata en 1776, determinó separar por “la gran Cordillera nevada" la capitanía General de Chile. Así lo confirmó la propia Constitución Chilena luego de la Independencia. Pero las ambiciones del país vecino sobre la Patagonia se mantuvieron constantes, siendo de justicia recordar la tenaz e idónea defensa de los derechos argentinos llevada a cabo por don Félix Frías en la capital trasandina, durante la Presidencia de Sarmiento. Desgraciadamente el planteo de Chile no fue sostenido de buena fe, como lo reveló una publicación oficial - años después- que incluyó la siguiente frase de su Canciller, en documento fechado en Santiago el 1 º de octubre de 1876. dirigido a su representante en Buenos Aires, don Diego Barros Arana: "Siempre me ha parecido que debemos sostener que nos pertenece la Patagonia sólo para asegurar la posesión completa del Estrecho". La cuestión estuvo a punto de provocar la guerra.

El conflicto fronterizo con la República de Chile, pareció solucionarse en 1881, cuando se firmó un acuerdo entre ambos países que definitivamente le puso fin: el límite pasaría por las más altas cumbres de la Cordillera. Mas ni esta solución, ni los demás temas conexos -de uno de los cuales trata el testimonio que sigue- disipó los cuestionamientos de aquel país. Y pese a los nuevos y graves riesgos de alterar la paz, otros convenios bilaterales lograron evitar su ruptura. Me ceñiré en esta nota preliminar al diferendo surgido en las aguas del Canal Beagle transcribiendo lo resuelto por las partes directamente.  Dispuso al respecto el tratado concluido en 1881 ~que corresponderían a la República Argentina las islas e islotes al oriente sobre el Atlántico, y a Chile "las islas al sur del Canal Beagle ". La isla Navarino, la mayor, fue incuestionablemente chilena, como otras más chicas en zona austral. En 1893 debió suscribirse un protocolo "adicional y aclaratorio" reafirmo el principio establecido: La soberanía de cada Estado sobre el litoral respectivo es absoluta, de tal suerte que Chile no puede pretender punto alguno sobre el Atlántico' y lo mismo fijó para Argentina con relación al Océano Pacífico. De tal suerte se ratificaba que el territorio nacional marítimo se prolongaba hasta el Cabo de Hornos.  

  ¿Hace falta añadir algo? Pues como consecuencia de otra posibilidad bélica, en 1902 “Los Pactos de Mayo” sobre arbitraje y limitación de armamentos navales incluyeron otra “acta aclaratoria" aludiendo a la "defensa y destino" de la República de Chile en el Pacífico, como a "la defensa y destino permanente de la República Argentina en el Atlántico ".

Nuevos incidentes a lo largo del siglo XX culminaron con un arbitraje solicitado a la Corona Británica en 1971, que inició el tema al cual alude el presente documento.

Se trataba de fijar el límite en las aguas del Canal Beagle. De acuerdo a la tesis argentina, el concepto de canal significa la existencia de una costa paralela, de manera que cuando la "contracosta" desaparece, concluye el canal: así se consideraba cuando el borde de la isla Navarino se dirige hacia el sur. Las islas Picton, Lennox y Nueva emergían del Océano Atlántico.

Por el contrario, Chile sostenía que el Canal Beagle continuaba hasta la isla Nueva en el Este: En octubre de 1977 la Reina Elizabeth II laudó en favor de Chile, haciendo suyo el dictamen de una Corte de juristas a la cual sometió el diferendo. Debe tenerse presenta que esta solución consideraba al tratado de 1881 como ''provisorio "; que aducía que el protocolo de 1893 "no se refiere a las islas "; y que el acta de 1902 no las mencionaba.      

El Gobierno Argentino rechazó el arbitraje. Muchas autorizadas opiniones argentinas expresaron que dicho laudo contrariaba al Derecho Internacional por no observar una de sus fuentes: los convenios bilaterales. Yo mismo publiqué en el diario La Prensa el 15 de febrero de 1979 un artículo titulado "La nulidad jurídica del laudo arbitral ", que mereció una semana después una contestación en El Mercurio de Santiago de Chile, con agravios para mí y para Argentina (ocultado su autor tras las iniciales R.I. V.).

Las últimas frases del relato a continuación se refieren a que durante la presidencia de Alfonsín las tres islas (Picton, Nueva Y Lennox) fueron atribuidas a Chile, con gran proyección sobre el Atlántico (“el mar de la paz”), contra todos los acuerdos de las partes.

Años más tarde me entrevisté con quien fuera entonces Jefe de Estado, el ex general Jorge Rafael Videla -a causa del golpe militar contra la presidente señora María Estela M. de Perón-, para conocer detalles del grave incidente que motivó considerar nulo el fallo, Y su consecuencia inmediata: la intención y preparativos de entrar en guerra con Chile para imponer la tesis argentina.

Consideré importante el testimonio de uno de los principales protagonistas para aportar detalles que no siempre trascienden en las versiones oficiales. Con la autorización de aquel, las reuniones fueron grabadas cuyas cintas conservo.

Debo señalar que contienen confusión en el tiempo del rechazo del laudo, aunque el relato recoge lo sucedido en cada momento.

Parte de las declaraciones de Videla fueron utilizadas por el periodista Ceferino Reato en su libro Disposición final.

lsidoro J. Ruiz Moreno

TENSIÓN BÉLICA CON CHILE: (Videla) - Mi primer viaje como presidente fue a Bolivia, y el segundo a Chile, a fines del 76. Las relaciones con Chile eran buenas, en especial a causa de la guerra contra un enemigo común. La visita a Pinochet fue muy cordial, estando muy en boga la posibilidad del intercambio bilateral, con el ofrecimiento chileno de cuatro puertos en el Pacífico para que eligiéramos nosotros, que actuaran como zonas libres para las exportaciones a los mercados de Oriente; y recíprocamente Argentina ofrecía puertos en la Patagonia para sacar productos chilenos hacia Europa. Esa tendencia a la integración quedó plasmada en documentos.

La Cancillería venía dirigiendo el caso en estudio; pero se discutió en la Junta de Comandantes en Jefe. Se creó una "Comisión Villegas" bajo la presidencia de este General con representantes de las tres Fuerzas, la cual luego de estudiar el problema, decidió rechazar el laudo británico. La teoría del asentamiento terrestre se gesta en la Comisión Villegas, y se plasmó después en una línea de mínima, que partía de la isla Nueva, y pasaba por la mitad de las del sur, llama “línea Torti”, porque fue la que este almirante llevó para proponer a Chile en nombre de las Fuerzas Armadas argentinas y que fue una continuación de la que venía trabajando la Comisión Villegas.

Los intentos chocaron con el jurista chileno Philippi, porque tanto éste como Villegas eran dos temperamentos muy cerrados.

De todos modos quedó para nosotros incorporada la idea de que cualquier solución tenía siempre que apoyarse en un asentamiento terrestre, que marcara en forma bien explícita el límite de la continuidad territorial argentina hasta el Cabo de Hornos, y la línea demarcatoria del Atlántico, sobre el cual Chile no podría extenderse, quedando en el Pacífico.

Avanzado el año 77 se conoce por informaciones que el laudo arbitral no sería favorable: que podríamos perder una isla, luego que serían dos, y por último parecía que eran las tres. Agravándose el panorama -previo al conocimiento oficial del laudo-, el Gobierno Argentino tomó la resolución de rechazarlo por arbitrario, excesivo, etc.

A principios del año 78 el general Pinochet lo manda al general Toro (quien fue Rector de la Universidad de Santiago) a transmitirme la preocupación que tenía por haber llegado a saber que Argentina iba a adoptar aquella postura [ sic: ya estaba tomada y divulgada en 1977], lo que traería problemas en la relación bilateral tan buena que manteníamos, por lo que propuso una reunión de ambos Presidentes. Se llevó a cabo nuestro encuentro en la base aérea de El Plumerillo (Mendoza), en enero, donde concurrimos ambos con su respectiva comisión para tratar de acordar formas de convivencia en la zona de conflicto. Los dos Presidentes nos reunimos en el despacho del jefe de la Base, solos. Mientras las comisiones trabajaban, nosotros estuvimos conversando, durante una larga una espera, de alrededor de tres horas, desde temas intrascendentes como nuestras familias (sic) hasta cuestiones importantes. La entrevista con Pinochet fue con un hombre preocupado.

Pinochet expresó: -"Nosotros conocemos que ustedes están con ganas de rechazar el laudo en caso que se produzca una resolución desfavorable, y advierto que esto puede entrañar un peligro, etc. "

Me hizo ver que iba a caer mal en la comunidad internacional este gesto de rebeldía de un país pacifista como Argentina; que iba a traer un conflicto en la zona, que sin la solución se iba a convertir en una "zona caliente".

Respondí que todo ello había sido analizado, éramos conscientes del riesgo que entrañaba, y que lo asumíamos, pero no obstante considerábamos que si el laudo se expedía en las condiciones que a nosotros nos había llegado anticipadamente, "es intolerable: la Argentina no lo va a aceptar, y lo va a rechazar consciente de las consecuencias y los riesgos que esto puede traer"

- "Justamente: en previsión de esos riesgos, creemos que esta reunión puede crear las condiciones, por vía de Ud .a entendimientos bilaterales, para que no se llegue a eso que no quiere y yo tampoco, que es la guerra ". Le contesté que sí; que ante un gesto imprevisible en esa zona de conflicto de difícil manejo, podrían crecer provocaciones al cruzarse naves, que podían llegar una guerra. Que yo no la iba a buscar, pero no la descartaba.

Había que tomar medidas para que no se generase esa situación. Fue una preocupación honesta de Pinochet, quien en ese momento adoptó una posición negociadora.

Por ahí se levantó y fue hacia una pared donde colgaba un mapa de la zona del canal Beagle y adyacencias, y dijo: - "¿Cómo podríamos hacer para evitar esto que nadie quiere, la guerra?

Volvió al escritorio tomó un block y un lápiz, que cada uno tenía, se acercó nuevamente al mapa " y a mano levantada trazó un croquis del Canal y las islas al sur, con una línea vertical de norte a sur que partía por la mitad a las islas Evout y Barneveldt. Y se sentó nuevamente y me dijo: · " Que le parece una cosa así”.

Yo le expresé: "Bueno: hasta aquí, estoy de acuerdo ¿por qué no ponemos los extremos?  - Cómo los extremos? - "Claro: esto nace en Nueva; sigamos al sur, partamos Hornos. Me contestó - no avancemos, tomemos esto como punto de partida. - Como punto de partida, perfecto, le dije. Me conformó gratamente.

Yo considero que nosotros tuvimos éxito, cuando a una cuestión puramente jurídica, la llevamos al terreno político a partir del desconocimiento del laudo, y entramos en una negociación bilateral con Chile: ante la rigidez jurídica que nos oponía, estaba la flexibilidad política de empezar a conversar sobre los acuerdos, la integración, etc. En vez de romper relaciones con Argentina porque no aceptaba el arbitraje, se avenía a discutir.

Este acuerdo primario debía ser puesto a consideración de las Juntas gobernantes, que en una segunda reunión se iba a protocolizar.  Pero al mes siguiente, en la reunión en la base aérea de reunión de Puerto Montt (Chile), de entrada empezó mal.

Ambos Presidentes estábamos en un espacio chico del entrepiso, y las dos comisiones trabajaban en la preparación del acta en la cual se iba a oficializar el acuerdo con nuestras firmas, después del almuerzo. Pinochet me dijo: - “¿Se acuerda de aquella línea que tracé? Bórrela: yo ya lo consulté con la Junta, y eso no puede ser. Lo rechazó de plano. Eso no existe”. Y tomó un mapa y volvió a la posición inicial, de líneas de base rectas, donde no nos tocaba ninguna isla, pues parlelos y meridianos pasaban haca el Este. Todas las esperanzas centradas sobre la posibilidad de un acuerdo quedaron muertas.

A visaron que estaba todo listo conforme a esa modificación, y bajamos la escalera para dirigirnos al salón, cuando en el último escalón Pinochet se detiene y me advierte: - "Le quiero decir que en el programa del desarrollo de la reunión hemos hecho alguna variante. Vamos a hacer el acto protocolar antes del almuerzo, y al término de la firma yo voy a pronunciar algunas palabras. Después vamos distendidos a una reunión de camaradería, y luego quedan libres a la tarde si quieren quedarse". Fue una sorpresa: - "Mire, eso no estaba previsto; pero yo no tengo ningún inconveniente. Si es algo informal, está bien, ya veremos".

Se leyeron las actas, donde se aceptaba volver al plano de negociaciones bilaterales, y se pone de pie Pinochet para decir su discurso. Como yo estaba sentado un poco más atrás, veía el papel que estaba leyendo: éste tenía dos caracteres tipográficos distintos. La primera mitad estaba escrito con una máquina y la segunda con otra. Y el tono del discurso era de dos partes distintas: al principio una conciliatoria, fraterna, apelando a la Historia, pero que remataba con una pieza jurídica durísima, hecha evidentemente por técnicos. Fue la segunda sorpresa, pues en lugar de negociar bilateralmente como él acababa de firmar, entraba a desdecirse, sosteniendo rígidamente la posición jurídica anterior. Esto fue recibido con asombro, hasta con rabia. Y yo diría que el silencio era mayor que otras veces.

A medida que avanzaba el discurso, yo comencé a pensar qué hacer, preocupado. Una actitud era retirarse de la reunión ' porque ese discurso prácticamente echaba por tierra lo que se había aprobado. Otra era tratar de contestarle, improvisando una respuesta jurídica a quien se lo había preparado, lo cual era imposible porque yo no tenía esa capacidad. Y la última era salir del paso, con vista a que primara sobre todo esto la relación bilateral, para ver si podíamos seguir con el trabajo.

Opte por eso: pronuncie unas palabras de compromiso apelando a la hermandad chileno-argentina; a la idea de que así como un día se puso la estatua del Cristo Redentor en los Andes, se entronizara una imagen de Stella Maris en el Cabo de Hornos. La delegación argentina estaba muy dividida. Había quienes querían que yo me hubiera levantado y nos hubiésemos ido y a éstos mi discurso no les agradó. Creían que la respuesta debió ser retirarse, pero el desplante no era la solución.

Un detalle: la mesa el comedor daba a un gran ventanal que asomaba sobre la pista de la base aérea, no a la de decolaje pero sí a la de carreteo. Y no sé si por casualidad, durante todo el almuerzo pasaba un F-16 por tierra, ignoro si el mismo que daba vueltas, o eran muchos ...

Se ha exagerado cuánto fue de malo haber aceptado la salida de Pinochet y haber contestado con un discurso de circunstancias; pero aún hoy repaso el momento y creo que no tenía otra alternativa. Incluso corrió la versión, falsa (en el libro "El Almirante Cero" sobre Massera) de que a mi vuelta al día siguiente yo informé ante la Junta y fui retado severamente por Massera, a punto tal que me habría hecho llorar ... No fue así.

Pero a pesar del discurso de Pinochet se cumplió con lo escrito; se formaron las comisiones y empezaron a trabajar, a veces en Santiago y a veces en Buenos Aires.  La primera comisión cumplió su cometido a los 30 días; pero la otra, que debía llegar al arreglo de fondo, en 180 días, se agotó casi en Navidad.

En alguna medida, el desarrollo de esas negociaciones bilaterales se respaldaba un poco con ciertos aprestos bélicos concretos, no amenazas, pero trascendidos, para presionar,  reacondicionamiento de algunas pistas de aterrizaje en el sur para la Fuerza Aérea, vuelos de reconocimiento,  el refuerzo de posiciones de tropas en la frontera. Como que si no llegábamos a un acuerdo íbamos a la guerra. Al Estado Mayor Conjunto en ese momento lo manejaba el general Camps, de donde surgió la acción psicológica. Hacíamos llegar noticias y actitudes que se fueron acentuando: las tropas pasaban en tren y la gente las veía, lo mismo a vagones de carga que llevaban ataúdes. Nadie dejaba de pensar que llegaríamos a las hostilidades, y entonces había que hacerlas.

Aunque siempre estaban puestas las esperanzas en que, tarde o temprano, al término fijado a algo se iba a llegar; el problema vino cuando para la comisión, en diciembre, el Canciller de Chile para decir que la solución no había surgido del intercambio de opiniones entre las comisiones; que se había agotado el plazo, y que se había consecuentemente terminado el intento. Finalizada la reunión con éste, junto con el brigadier Pastor, lo invité a almorzar, pero fue esto un hielo, donde no se dijo nada: se podía escuchar el ruido que se hacía al comer… Se terminó ese almuerzo y nada: ahora, a la guerra.

Esto ocurría en primera quincena de diciembre. A partir se aceleraron los aprestos bélicos, con tropas que fueron la frontera. Hubo un proyecto de efectuar un golpe de mano sobre las islas para quedarnos con ellas, pero así no se arreglaba nada.

El Ejército preveía la guerra llevada al territorio de Chile, si bien yo no participé en el planeamiento porque desde agosto había pasado a retiro. Claro que como Comandante en Jefe, como Presidente conocía el proyecto de cada Comandante de la Fuerzas Armadas. Eso presuponía una invasión por dos lugares a través de la Cordillera, librar la batalla decisiva en la llanura y derrotar a sus fuerzas armadas (más las acciones navales y aéreas) y a partir de entonces, imponerle las condiciones nuestras al vencido.

No ha había una alianza oficial con Perú y Bolivia· pero era una hipótesis muy factible -y Chile la conocía muy bien y le preocupaba –que estos dos países aprovecharan el conflicto para sus reivindicaciones territoriales, abriendo dos frentes de guerra muy distantes. La relación más tensa era con Perú.

Se conocía también, aunque no en detalle, que los chilenos también efectuaban aprestos y despliegues, y ocurríó algún sobrevuelo del límite.

La acción psicológica exagerada, desmedida tal vez, creó una expectativa que después había que cubrir: muchos querían largarse porque estábamos en condiciones, y alguien (el general Luciano Menéndez) dijo: - "Salgo hoy, y mañana tomo el té con las chilenas en Valparaíso", lo que no ocurriría así.

La ofensiva respecto al defensor está en una proporción de 3 a 1 cuando el último no ha tenido tiempo de organizarse; con fortificaciones importantes hay que hablar de 5 u 8 a 1. Nosotros estábamos 1a 1 con la Marina y la Fuerza Aérea, y 3 a 1 a favor nuestro respecto al Ejército. Pero el pasaje de la Cordillera estaba circunscripto a desfiladeros que no permitían un despliegue en fuerza. Y exponía una larga fila de comunicaciones a que eran fáciles de cortar ... Pensar que íbamos a tener una acción militar fácil, contundente, era imposible.  Por la respuesta de los organismos internacionales, frente a este agresor "transgresor" a partir de una posición que no nos ayudaba: era muy probable que la OEA o la ONU interviniera. Lo menos que podían hacer era mandarnos para atrás, y hacernos perder lo poco que conquistado con la invasión. Todos los horrores de la guerra, en escala reducida, se hubiesen producido sin ningún tipo de utilidad. No sé si hubiera sido una guerra victoriosa para nosotros.

El reloj que contaba la cuenta regresiva un día se puso en marcha. Si mal no recuerdo, el conflicto debía haber ocurrido antes de Navidad, tal vez la medianoche del 22 de diciembre.

Paralelamente con estas manifestaciones bélicas, existía también la preocupación de quienes querían evitar la guerra. Dos personas se movieron muy activamente en este sentido: una el embajador Castro, de Estados Unidos, quien realizó gestiones con nosotros y con Chile, viajó a Washington advirtiendo que el conflicto era serio y que las hostilidades estallarían, para parar la cuestión. La otra intervención cupo a la Iglesia, en particular al Nuncio monseñor Pío Laghi.

Muy pocos días antes del "Día D", el 20 de diciembre, me entrevistó el Nuncio en Olivos. Hizo una presentación seria: - "General: ¿a dónde van a llegar? Tenga en cuenta las consecuencias que esto va a traer, cualquiera sea el resultado; la cicatriz que quedará en la Historia, etc. ". - "Monseñor -le dije-, si la Iglesia está dispuesta a hacer algo sobre esta materia, que lo haga cuanto antes, y no piense en meses ni en semanas, ni en días: esto se está midiendo en horas ".

Y se lo advertí: -"La cuenta regresiva se ha iniciado, y los preparativos de guerra están en marcha. Los movimientos previos están tomados". - "¿Tan así?". Le contesté: -"Tan así. De modo que si hay algo por hacer, tiene que ser ya.

Me dijo: -"Bueno, yo voy a hablar con el Vaticano, para ver qué se puede hacer. Sé que el cardenal Primatesta está en Roma, Y si Ud. me permite, me comunicaré con él para que ayude". - "Estoy de acuerdo. Usted conoce cuál es nuestra posición ".

Aclaro: a través de telegramas de embajadores, Chile y Argentina pensaban como último extremo que una mediación Papal podía ser lo único que evitara la guerra. Faltó una comunicación telefónica personal con Pinochet, que nunca existió, pero llegaron mensajes míos y de él, conviniendo en que sería una solución aceptable. Más allá de los aprestos bélicos, que seguían.

Jurídicamente el mediador no puede actuar sino por pedido de partes. Pero si lo hacía Argentina se sometía, sl bien no a la rigidez de un árbitro que impone, pero sí a la voluntad de un tercero; y ya habíamos dicho que no a Su Majestad Británica y repetirlo ante Su Santidad el Papa era mucho más difícil, para el caso que no nos gustara su propuesta. De modo que no podíamos meter la cabeza en la jaula, por más que supiéramos que se trataba de una solución buena, pero riesgosa. Estábamos en ese intríngulis, un nudo que no podíamos desatar.

A continuación de la entrevista con Mons. Laghi, tuvo lugar el 21 de diciembre una reunión de la Junta Militar y el Presidente en el edificio "Libertad", de la Marina, para discutir la guerra: el reloj con su tic-tac caminaba ... Ya estaban dados los últimos movimientos, a dos días de iniciarse las hostilidades. En eso golpearon la puerta y entra un edecán, quien me dice: - "La Cancillería mandó un radiograma urgente". Lo leímos en voz alta. Era del Vaticano y manifestaba: "Se insta a ambas partes a no innovar la situación existente a tal día de enero del 75, a la espera de un enviado que llegará a Buenos Aires el 26 de diciembre y luego viajará a Santiago”.

Se miraron los Comandantes con caras largas, Y se hizo un silencio profundo. La primera reacción fue negativa, luego unas breves opiniones, yo tomé la palabra: "Yo tengo la resolución tomada: creo que ya hay que decirle que sí al Papa. Es la solución servida, la que deseábamos y que sin pedirla nos la ofrecen. Creo que hay que hay que parar las operaciones”…

Después de mucho discutir comprendieron que había que pensar y quedaron en consultar con los Generales, Almirantes y Brigadieres; pero yo percibía que los ánimos se habían aflojado, que estaban distendidos, y que iba a venir una respuesta positiva. Se suspendió la resolución hasta entonces.

El general Viola se las tuvo que ver con los "halcones" del Ejército. Fue una sesión muy enconada, pero les dijo: -"Si no es así, Videla se va". Mi decisión no fue explícita, pero estaba subyacente.

Así como la negativa a la propuesta fue rotunda, la aprobación lo fue a regañadientes. La aceptación estuvo mal vista. En cambio Chile contestó de inmediato en forma positiva; nosotros demoramos tres meses ... Pero la guerra se detuvo….

Por Isidoro J. Ruiz Moreno