Un desglose del diálogo entre Walter Russell Mead, columnista principal de la sección Global View en The Wall Street Journal, profesor de la Cátedra Hamilton en la Universidad de Florida, autor de libros de relaciones internacionales, con James M. Lindsay, investigador senior del Council on Foreing Relations, think tank histórico—editor de Foreign Affairs— en el podcast que transcribimos a continuación, sobre el 11—S, sus visiones sobre los límites del poder, el retorno de la geopolítica, el momento actual de Estados Unidos, de sus aliados y lo que señalan como lecciones no aprendidas de la “guerra contra el terrorismo”.
La visión en el análisis no se mide sólo por la capacidad de predecir qué puede suceder a futuro sino además por diagnosticar el presente. A un cuarto de siglo de los ataques con dos aviones comerciales a las Torres Gemelas —una tragedia transmitida en vivo y en directo en el corazón de Nueva York— otro avión estrellado contra el Pentágono, más una cuarta aeronave, que los pasajeros y su tripulación hicieron abortar de la misión suicida, cayendo en un campo en Pensilvania, la perspectiva histórica nos permite revisar el ciclo de decisiones que transformó la política exterior de Estados Unidos y, con ella el tablero global con consecuencias duraderas.
En un intercambio para el Council on Foreign Relations, el experto Walter Russell Mead y el politólogo James M. Lindsay recorrieron los hilos que no siempre aparecen a simple vista de aquella bisagra en la historia: la brecha entre la lógica de guerra estatal clásica y el enfrentamiento contra actores no estatales; el sobredimensionamiento de los objetivos en Afganistán e Irak según sus miradas, y el costo interno que pagó la propia democracia estadounidense al hipertrofiar su aparato de seguridad.
A continuación, la conversación que elude reduccionismos para enfocarse en la mecánica dura del poder, las tradiciones estratégicas, la vigencia de la prevención y la disuasión en un mundo que vuelve a parecerse demasiado al de 1939, según ellos coinciden.
The President’s Inbox podcast del Council on Foreing Relations
Host: James M. Lindsay
Invitado: Walter Russell Mead
— ¿Qué podemos aprender de cómo reaccionó Estados Unidos a los ataques del 11 de septiembre? Estuve pensando en esa pregunta a medida que se acerca el 25.º aniversario de uno de los días más oscuros en la historia de nuestro país. El horror del 11 de septiembre cambió el rumbo de la política exterior estadounidense y, con ello, el curso de los acontecimientos mundiales. Estados Unidos lanzó una guerra global contra el terrorismo. En apenas 18 meses, el país había invadido y derrocado a los gobiernos de Afganistán e Irak, iniciado operaciones antiterroristas en todo el mundo y desplegado su inmenso poder diplomático y económico para desarticular a los grupos terroristas y cortarles el financiamiento estatal, comienza diciendo Lindsay.
— En muchos sentidos, esta respuesta fue un reflejo de lo que había hecho 60 años antes el presidente Franklin D. Roosevelt tras el horrendo ataque sorpresa en Pearl Harbor. Ambos presidentes canalizaron un trauma nacional hacia un férreo compromiso de acción, pero la “guerra contra el terrorismo” no logró una victoria decisiva como la de la Segunda Guerra Mundial. Las ocupaciones de Afganistán e Irak se volvieron sangrientas, la sociedad estadounidense se cansó de las “guerras interminables” y el terrorismo terminó perdiendo peso como el motor principal de nuestra política exterior.
— Para entender mejor qué lecciones nos deja el 11 de septiembre, hablé con Walter Russell Mead, columnista de Global View en The Wall Street Journal y profesor de Estrategia y Política en la Universidad de Florida. La charla fue muy amplia, pero me dejó tres conclusiones principales:
* El miedo abrumador: Para entender las decisiones de la administración Bush tras los ataques, hay que reconocer el temor absoluto que sentía la sociedad. Parecía no solo posible, sino probable, que ocurrieran ataques aún más mortales.
* Metas desmedidas: La guerra global contra el terrorismo fracasó porque sus objetivos superaron con creces lo que el poderío estadounidense podía lograr. Roosevelt enfrentó un desafío enorme pero bien definido: derrotar a Estados adversarios. Bush buscó derrotar a una entidad descentralizada y sin Estado intentando rediseñar el mundo entero.
* Prevenir antes que curar: Tratar de resolver problemas suele ser mucho más difícil que evitarlos. Estados Unidos no logró detener a los atacantes del 11 de septiembre y los costos fueron gigantescos. El desafío actual es educar a la sociedad para que comprenda con mayor claridad cuáles son los peligros reales, pero también qué podemos hacer por la paz en este momento tan crítico.
La conversación
LINDSAY: Walter, gracias por acompañarme en The President’s Inbox.
MEAD: Un gusto estar acá, Jim.
LINDSAY: Me gustaría empezar por los ataques mismos. Vos y yo los vivimos, pero para los más jóvenes, el 11 de septiembre es algo de lo que leen o que escucharon contar a sus familias, no algo que hayan experimentado en carne propia. Ayudanos a entender por qué fue un momento tan bisagra en la historia de nuestra política exterior.
MEAD: Sí, es difícil volver a ese día. Para mí fue un choque darme cuenta, enseñando hace unos años, de que mis alumnos ya no tenían ningún recuerdo del 11 de septiembre. Para ellos es como Pearl Harbor, el asesinato de Kennedy o el ataque a Fort Sumter: algo de lo que oíste hablar, pero donde todo el conocimiento es de segunda mano. Es difícil transmitir el impacto físico de ese momento.
Ambos estábamos en el Council on Foreign Relations (CFR) ese día. Aunque no estábamos en la Zona Cero, el impacto visual era abrumador. Veías gente caminando hacia el norte de la ciudad, cubierta de ceniza y mugre, porque el subte y las líneas telefónicas se habían caído. Parecían refugiados caminando por Park Avenue en Nueva York.
Esa noche muchos no pudimos volver a casa porque no se podía cruzar el río. En ese momento no sabías si los muertos eran 300, 3.000 o 30.000. Tampoco sabías si venía otra ola de ataques tras el impacto en el Pentágono. A eso se sumó el pánico económico: la idea de que esto nos llevaría a una recesión brutal o de que habría ataques simultáneos en París o Londres. Y días después llegaron las cartas con ántrax al Congreso. En el CFR bromeábamos con que "bueno, los pasantes son los que abren el correo".
LINDSAY: Yo estaba justamente en el Senado cuando pasó eso. Como mi oficina estaba arriba de la oficina de correos, me tocó la experiencia desagradable de que me hisoparan la nariz y me dieran Cipro. Lo sentí muy de cerca.
MEAD: Un pequeño anticipo de lo que sería el COVID.
LINDSAY: ¡Sí, solo que ese hisopado iba mucho más profundo! Pero tenés razón en cuanto al impacto. Si lo ponemos en contexto, el 10 de septiembre el presidente Bush se había reunido con el presidente Vicente Fox de México. La gran expectativa era que la política exterior mirara hacia el sur para afianzar la relación bilateral. Y de repente, todo cambió en un segundo.
MEAD: Totalmente. Aunque me acuerdo de lo que dijo nuestro antiguo jefe, Les Gelb, justo después del ataque: “Cualquier intelectual de política exterior te va a decir dos cosas sobre el 11 de septiembre: primero, que lo cambió todo; y segundo, que demostró que él tenía razón desde el principio”. Y era tal cual.
Pero sí, la administración Bush veía su rol histórico en la creación del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas). México dejaba atrás décadas de un régimen de partido único para entrar en una era de democracia y desarrollo. En Europa había paz; Rusia no jod… demasiado; la democracia se consolidaba en Europa del Este y en Sudamérica caían las dictaduras. Todo parecía ir en una dirección increíblemente positiva. Y de pronto, este golpe. Fue la primera señal de que quizás la historia no había terminado con la caída del Muro de Berlín, sino que volvíamos a una época de confrontación y peligro de una forma radicalmente nueva.
LINDSAY: Claro, con el diario del lunes es fácil ver lo que no pasó, pero en 2001 y 2002 existía el pánico real de que esto fuera solo el principio. En ese contexto, la administración Bush nos lleva a la “guerra global contra el terrorismo”, casi como una cruzada moral. Bush llegó a decir que debíamos defender la libertad y la justicia porque eran principios válidos para todas las personas en cualquier lugar. ¿Esa postura tuvo que ver con la personalidad de Bush y su equipo, o refleja algo más profundo sobre la identidad de Estados Unidos como país?
MEAD: La verdad, no sé qué tan distinto habría reaccionado Al Gore si ganaba en el año 2000. La ola masiva de ira y miedo en la opinión pública era tan gigantesca que el presidente, fuera quien fuera, tenía que ponerse a la cabeza de la marcha. Gore hubiera sentido exactamente esa misma presión.
LINDSAY: Mis amigos que apoyaban a Gore me dirían que el 11 de septiembre nunca habría ocurrido con él, porque su equipo se tomaba la amenaza terrorista mucho más en serio que la administración Bush. Se puede discutir, pero es el argumento que ellos hacen.
MEAD: Seguro. Pero fijate en esto: si Gore hubiese ganado y el ataque ocurría igual, todos habrían dicho “es culpa de los demócratas, tuvieron ocho años a Clinton y no pudieron con Bin Laden”. Como pasó con Bush, que llevaba apenas ocho meses en el poder, quedó una especie de empate político sobre las responsabilidades.
En mi libro Special Providence analizo dos patrones históricos de la política exterior estadounidense. Uno es el “momento Pearl Harbor”: cuando hay un ataque externo, la opinión pública reacciona de forma predecible. Pasás de que no te importe la política exterior a que sea lo único que te importa, y exigís la respuesta más dura posible. El 6 de diciembre de 1941 la mayoría quería estar fuera de la guerra; el 8 de diciembre la única pregunta era cómo ganarla lo más rápido posible.
Ahora bien, es interesante comparar a Roosevelt tras Pearl Harbor con Bush tras el 11 de septiembre. Roosevelt encontró una estrategia que, con errores y pérdidas trágicas, logró ganar la guerra de manera definitiva. Las acciones de Bush tuvieron algunos éxitos tácticos (como el desarrollo de capacidades antiterroristas que evitaron otro ataque masivo), pero cuesta mucho decir que la "guerra contra el terrorismo" terminó con la claridad con la que terminó la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt logró encauzar la ira nacional en una acción efectiva; la administración Bush no.
LINDSAY: Coincido. La mayoría mira hoy las guerras de Irak y Afganistán y siente que algo salió muy mal. Lo llamativo es que vos ya en 2004 escribiste un libro (Power, Terror, Peace and War) planteando que la política exterior había tomado un rumbo equivocado. ¿Por qué nos llevó tanto tiempo corregir el rumbo?
MEAD: Por dos razones. En primer lugar, la naturaleza del desafío. En Pearl Harbor enfrentabas a un Estado organizado con objetivos convencionales. El 11 de septiembre no había un Estado detrás, sino una corriente que respondía a una crisis cultural dentro del propio mundo islámico. Es muchísimo más difícil ordenar el caos o intentar resolver el terrorismo cambiando las condiciones políticas y sociales de otra región. Eso excede nuestras capacidades.
En segundo lugar, esto ocurrió en un momento de enorme exceso de confianza en la capacidad de Estados Unidos para aplicar principios universales —como la libertad o la democracia— a contextos culturales complejos. Se cayó en una especie de “fundamentalismo liberal” (en el sentido clásico del término): la idea ingenua de que si aplicás la Declaración de los Derechos Humanos o promovés la democracia, los problemas del mundo se resuelven solos. Tuviste tanto a la izquierda de derechos humanos como a los neoconservadores actuando con una arrogancia bastante ahistórica.
Ojo, el problema en Afganistán no fue necesariamente haber entrado, sino la incapacidad de salir a tiempo. En vez de entrar, golpear a Al Qaeda y buscar una salida rápida, terminamos diseñando programas para erradicar amapolas, fomentar la educación de niñas y construir una red de ONG y sociedad civil. Todas metas loables, pero terminamos teniendo planes para todo en Afganistán, excepto para cómo ganar y terminar la guerra.
LINDSAY: Es el dilema clásico del intervencionismo: una vez que entrás, salir tiene costos altísimos que no querés asumir. Nos pasó en Filipinas a fines del siglo XIX, nos pasó en Vietnam. Siempre buscás esa solución ideal que no existe, y terminás atrapado en un atolladero. Los estadounidenses tendemos a enfocar la política exterior como si fuéramos cirujanos traumatólogos: rompés un hueso, lo acomodás y el problema se solucionó. Pero en realidad se parece más a la medicina interna: son condiciones crónicas que tenés que aprender a administrar, no a resolver definitivamente.
Quería tocar otro punto. En 2014 escribiste un artículo en Foreign Affairs sobre el “retorno de la geopolítica”. ¿Perdimos la oportunidad, mientras estábamos obsesionados con la guerra contra el terrorismo, de contener esa rivalidad de grandes potencias? Al principio Rusia incluso colaboraba con la logística en Afganistán.
MEAD: No lo creo. El establishment diplomático de EE. UU. entendió mal a Rusia desde el principio. Cuando cayó el comunismo, todos pensaron: “Ah, Kennan tenía razón con la contención, como ya no son comunistas ahora podemos ser amigos”. Pero el problema histórico con Rusia no era solo el comunismo, era la propia dinámica rusa. Confundieron la medicina con el diagnóstico. Ese nivel de falta de lectura demuestra fallas profundas en cómo educamos a nuestros líderes de política exterior.
LINDSAY: ¿Y qué impacto tuvo todo esto dentro de Estados Unidos, en la política doméstica?
MEAD: Enorme. Tras el 11 de septiembre se expandió de forma gigantesca el Estado de seguridad nacional. El FBI, por ejemplo, adquirió un poder inédito. Si miras la política presidencial de los últimos ocho años, está atravesada por el rol de las agencias de inteligencia (los mails de Hillary, el Russiagate, los temores a un Estado de vigilancia masiva). El éxito en evitar otro ataque masivo tuvo un costo interno altísimo para la salud institucional del país.
LINDSAY: En tu libro mencionás cuatro tradiciones de la política exterior estadounidense: los hamiltonianos (comercio y desarrollo económico), los wilsonianos (misión moral y derecho internacional), los jacksonianos (nacionalistas populares que reaccionan fuertemente cuando los atacan) y los jeffersonianos (preocupados por que el activismo exterior destruya la democracia interna). ¿Qué pasó con la corriente jeffersoniana?
MEAD: Históricamente, mucho de ese escepticismo jeffersoniano venía de los políticos del Sur, que recordaban lo traumática y fallida que había sido la “Reconstrucción” tras la Guerra Civil. Sabían por experiencia propia que Estados Unidos es muy bueno ganando guerras, pero pésimo reconstruyendo sociedades desde cero. Esa memoria histórica les daba cautela.
Sin embargo, para los años 90 y 2000, emergió una nueva generación de políticos en el Cinturón del Sol, sin ese recuerdo histórico, con un optimismo ciego sobre nuestra capacidad para exportar democracia e institucionalidad a lugares como Irak o Afganistán.
LINDSAY: Es que la política exterior no es una obra de teatro moral con buenos y malos absolutos. Solemos querer reducir todo a sombreros blancos contra sombreros negros, sin matices de gris.
Para ir cerrando, Walter: estamos a las puertas de nuevas elecciones. ¿Qué lecciones te gustaría que la futura dirigencia política extraiga del 11 de septiembre?
MEAD: La lección número uno es la importancia de la prevención y la disuasión. Pensá cuánto mejor estaría el mundo si se hubieran evitado el 11 de septiembre, los ataques del 7 de octubre en Israel o las invasiones de Putin a Ucrania. Evitar un desastre vale muchísimo más que intentar arreglarlo una vez que ocurrió.
Si querés la paz, tenés que prepararte para la guerra. Dejar que tu base industrial de defensa se degrade mientras China realiza el mayor despliegue militar de la historia alrededor de Taiwán es un grave error de cálculo.
Por otro lado, debemos saber alinear nuestros intereses con los de otros países. Yo defendí a Trump cuando hablaba de America First porque, al fin y al cabo, ¿qué le vas a pedir a un candidato a presidente? ¿Qué ponga a su país en quinto lugar? El tema es cómo traducís eso a la práctica, dónde buscás aliados y qué prioridades fijás.
El mundo de hoy se parece más al de 1939 que a una era de paz prolongada. El gran desafío de nuestros líderes es educar y convocar a la ciudadanía a una conversación franca sobre los riesgos reales que enfrentamos y qué pasos concretos debemos dar para preservar la paz en este momento crítico.
LINDSAY: Con esa reflexión cerramos el episodio de hoy. Walter, muchísimas gracias por este análisis tan iluminador.
MEAD: Un gusto como siempre, Jim.
—La traducción y el aporte que hacemos desde este medio con la publicación tiene como finalidad, dar una mirada, un ángulo de expertos en la materia, que creemos conveniente compartir con nuestros lectores para que cada uno de nosotros tengamos información, análisis y luego despleguemos nuestros criterios.
Nota
Sobre el podcast y la institución: The President’s Inbox es el podcast semanal del Council on Foreign Relations (CFR). CFR, uno de los think tanks de política exterior más antiguos e influyentes de EE. UU. (fundado en 1921, con sedes en Nueva York y Washington D. C.). Edita la revista Foreign Affairs.
James M. Lindsay: politólogo, investigador senior el CFR, autor de libros, artículos y profesor.
Walter Russell Mead: columnista principal de la sección Global View en The Wall Street Journal, profesor en la Universidad de Florida, miembro del Hudson Institute, autor de libros y artículos.
Los libros citados:
Special Providence (2001): obra sobre las cuatro escuelas históricas de la política exterior estadounidense (hamiltoniana, wilsoniana, jeffersoniana y jacksoniana).
Power, Terror, Peace and War (2004): libro publicado tres años después del 11—S en el que Mead realiza una critica temprana a los excesos de la estrategia en Irak y la “guerra contra el terrorismo”.