Hoy se cumple el primer aniversario del fallecimiento de Jorge Mario Bergoglio. A un año de distancia, su figura se agiganta, despojándose de lecturas lineales que intenten encasillarlo.
Quienes incurran en el diagnóstico que su cordialidad era sinónimo de debilidad cometen un error. Francisco no fue un observador pasivo, sino un hombre que utilizó el diálogo como una herramienta de intervención política y humana.
Lo vimos desde sus años como obispo en Buenos Aires, sentado a la mesa con rabinos, imanes y pastores, en programas de cable que marcaron época. Luego en el mundo, abrazando la diferencia en escenarios calientes del planeta.
En este presente global, donde el enfrentamiento se presenta como símbolo de poder, y la amabilidad como fragilidad, el legado de Francisco nos recuerda lo contrario: la caridad y la construcción de puentes son actos de aguda y valiente inteligencia en el mundo fragmentado.
Hoy, incluso quienes ayer lo cuestionaron, reconocen la magnitud de su peso histórico. Desde Casa Tomada, rendimos un humilde y firme homenaje a su recorrido. Recordamos al argentino que no temió a la contradicción ni al disenso. Al argentino que nos dejó como lección que en el amor universal y en la caridad en acción, hay una fuerza capaz de transformar la realidad.