Cómo distintas personas eligen despedir y recibir el año, entre rituales, cansancio, decisiones conscientes y la simple necesidad de estar en paz y armonía.
No todos viven el último día del año de la misma manera. Y no es una frase hecha.
Distintos estudios en psicología social y comportamiento —especialmente los vinculados a rituales de cierre y expectativas futuras— muestran que el cambio de año funciona para muchas personas como un marcador simbólico: un punto imaginario donde ordenar lo vivido, resignificar pérdidas o proyectar deseos. No porque el calendario tenga poderes especiales, sino porque necesitamos señales para detenernos, y luego avanzar.
Algunas personas planifican el 31 de diciembre como si fuera un evento mayor. Piensan la ropa, la comida, el lugar, la compañía. Eligen colores, repiten rituales heredados, escriben balances, listas, deseos. No siempre por alegría, a veces por necesidad de control, el orden tranquiliza.
Otras eligen lo contrario. Según relevamientos recientes sobre bienestar y fatiga emocional, crece el número de quienes deciden que el plan es no tener ningún plan. No como gesto antisocial, sino como forma de cuidado. Llegar a fin de año cansados, saturados de estímulos y exigencias, vuelve legítimo el deseo de calma.
Está la pregunta clásica de qué ponerse —blanco, algo nuevo, algo que traiga suerte— y también quienes repiten la misma ropa cómoda de siempre, sin símbolos ni consignas. Lo mismo ocurre con la comida: mesas pensadas durante semanas conviven con cenas improvisadas, sabiendo que no se va a recordar el menú sino la conversación, o incluso el vacío compartido.
La pregunta más difícil suele ser con quién. Familia, amigos, pocos, muchos. O nadie. En los últimos años, distintas publicaciones sobre vínculos y soledad elegida muestran algo que antes costaba decir: no todas las ausencias duelen, y no todas las presencias acompañan.
En ese mapa afectivo aparecen cada vez más los animales. Perros, gatos y otras mascotas que estuvieron todo el año, sin discursos ni balances, pero con una constancia que muchas personas no lograron sostener. No entienden de fechas, pero perciben estados de ánimo.
No hay una forma correcta de cerrar un año. Ni balances obligatorios. Ni frases de agradecimiento impostadas. 2025 se va como se van las cosas que nos atraviesan de verdad: dejando marcas desparejas, aprendizajes y preguntas abiertas.
Para el año que empieza no hace falta desear grandes transformaciones. Tal vez alcance con algo más modesto: que sea un poco más habitable. Para cada uno, a su manera.
Casa Tomada