Director: Silvio Verliac              

Ningún padre lo diría en voz alta, pero muchos lo sienten: el temor de que un día el hijo deje de quererlos.


Un miedo que no suele confesarse.
Opera en silencio, en decisiones mínimas: una discusión evitada, un límite postergado, una concesión que no se explica del todo.

A veces se disfraza de paciencia. Otras, de modernidad. Casi siempre, de buena intención.
Durante generaciones, la crianza estuvo sostenida por certezas externas: autoridad, tradición, incluso miedo. Hoy esas certezas se evaporaron. En su lugar quedó una pregunta nueva y desarmante:
¿y si me equivoco y pierdo el vínculo?


El amor que se puede perder


La psicología lleva décadas estudiando el vínculo entre padres e hijos, pero el miedo a perder el amor no aparece como categoría clínica. No figura en los manuales. Y sin embargo, atraviesa la crianza contemporánea como un murmullo constante.


En términos de la teoría del apego, el amor filial no es un premio ni un contrato. Es una estructura profunda, biológica, emocional, diseñada para sostenerse incluso en el conflicto. Pero en la práctica cotidiana, muchos adultos actúan como si el cariño fuera frágil, reversible, negociable.


El problema no es el miedo en sí. El problema es cuando ese miedo empieza a tomar decisiones.


Padres que piden permiso


En los últimos años se consolidó una figura nueva: el padre que consulta, explica, negocia todo. No por convicción pedagógica, sino por temor a romper algo invisible.


No es raro ver adultos que temen frustrar, enojar o decepcionar a sus hijos como si esas emociones fueran daños irreparables. Se habla mucho de cuidar la autoestima infantil, pero poco del costo de convertir a los niños en termómetros emocionales de sus padres.


Cuando el adulto necesita ser querido para sentirse seguro, el eje del vínculo se desplaza. El hijo ya no es solo hijo: pasa a ser garante del equilibrio emocional del adulto.


El error cultural


Confundimos dos cosas distintas: amor y aprobación. El amor de un hijo no se pierde porque un padre diga que no.
Se debilita cuando el adulto se vuelve imprevisible, temeroso, inconsistente.


Las investigaciones sobre apego son claras en un punto incómodo: los niños se sienten más seguros con adultos que sostienen límites claros, incluso cuando esos límites generan enojo. El conflicto no daña el vínculo. La confusión sí.


Lo que el miedo deja como herencia


Un niño criado bajo la lógica de “no quiero que te enojes conmigo” aprende algo sutil pero persistente: que el amor depende del clima emocional. A largo plazo, eso puede traducirse en adultos que:

- buscan agradar antes que decir lo que piensan
- sienten culpa al poner límites
- confunden vínculo con sacrificio
- temen el desacuerdo como si fuera abandono


Nada de esto ocurre por maldad. Ocurre por miedo. Por un miedo no pensado, no dicho, no trabajado.


Una escena cotidiana


Un padre dice “sí” cuando quiere decir “no”.
No porque esté de acuerdo, sino porque está cansado, o teme el enojo, o no quiere ser recordado como “el malo”.


Ese gesto mínimo, repetido durante años, construye una narrativa silenciosa:
para que me quieran, tengo que ceder.


La crianza, entonces, deja de ser un acto de transmisión y se vuelve una negociación permanente.


Sostener sin pedir amor a cambio


Quizás el desafío más difícil de la paternidad actual no sea poner límites, sino tolerar el malestar que esos límites generan. Aceptar que un hijo puede estar enojado y aun así seguir vinculado. Que puede frustrarse y no por eso romper el lazo. Que puede cuestionar, alejarse un poco, y volver.


El apego seguro no se construye evitando el conflicto, sino permaneciendo disponibles cuando el conflicto aparece.


Para finalizar


El miedo a perder el amor de un hijo dice más sobre nuestra época que sobre la crianza en sí. Habla de adultos sin red simbólica, sin certezas heredadas, obligados a inventar el vínculo día a día.
Pero el amor filial no necesita ser cuidado como una porcelana.
Resiste el enojo. Tolera el límite. Sobrevive al desacuerdo.


A veces, el mayor acto de amor no es evitar el conflicto, sino quedarse firme cuando el hijo todavía no puede entenderlo.

 

Notas al margen del vínculo
— La teoría del apego muestra que la seguridad emocional infantil se construye sobre la previsibilidad del adulto, no sobre su simpatía constante.
— El conflicto no es una falla del vínculo, sino una de sus condiciones.
— Evitar sistemáticamente el enojo infantil suele responder más a la ansiedad del adulto que a una necesidad del niño.
— La autoridad emocional no se impone ni se negocia: se transmite por consistencia.
— La fortaleza del lazo no depende de la ausencia de tensión, sino de la certeza de que el adulto permanece.

 

Casa Tomada
Observación, vínculo y vida contemporánea