Director: Silvio Verliac              

Vivir en hipervigilancia: cuando el cuerpo sacrifica la intimidad para financiar la supervivencia.

La pregunta parece banal: ¿qué aplicación conviene usar para conocer gente? La respuesta, sin embargo, abre una grieta más incómoda. Buscamos en el algoritmo un chispazo de dopamina que nos rescate del agotamiento, pero lo hacemos a través de una pantalla que hoy es el mediador universal de nuestros vínculos. Lo que empieza como una búsqueda de conexión termina siendo un trámite digital. Y ahí, entre el descarte y el match, aparece el gran saboteador invisible: un cuerpo que, biológicamente, ya no está configurado para el encuentro, sino para la supervivencia.

El cuerpo humano tiene un sistema de respuesta al peligro diseñado para amenazas cortas. Frente a una crisis, las glándulas suprarrenales liberan cortisol —un glucocorticoide— que eleva el azúcar en sangre, suprime los procesos no urgentes y agudiza la atención. El sistema se activa, resuelve, y se apaga.

Sin embargo, el estrés crónico —sostenido durante meses, años, a veces décadas— altera la química cerebral de forma sistémica. El hipocampo se atrofia. La corteza prefrontal, responsable del juicio, la empatía y el control de impulsos, se debilita, mientras se fortalece la amígdala, centro del miedo y la reacción defensiva: a menos empatía, más reactividad.

El estrés crónico no es una sensación; es una arquitectura química alterada. Cuando la alarma no se apaga, ocurre un fenómeno feroz: el 'robo de pregnenolona'. El organismo, en su afán por sobrevivir, desvía la materia prima de nuestras hormonas sexuales y del bienestar para fabricar más cortisol. Es un saqueo interno. El cuerpo 'empeña' su equilibrio biológico para financiar la respuesta de estrés. No es que hayamos dejado de querer; es que nuestro sistema está en default, usando sus últimos recursos para mantenernos en pie y sacrificando la capacidad de sentir placer en el proceso.

Este cortisol elevado entra en conflicto directo con las sustancias que hacen posible el vínculo: suprime la testosterona, inhibe la oxitocina, reduce la dopamina, y la endorfina. No es llanamente que 'baje el deseo'. Estamos, sin darnos cuenta, desmantelando uno por uno los sustratos que hacen posible la intimidad.

El impacto diferenciado

Este proceso no afecta de la misma manera a varones y mujeres. En el varón, la caída de testosterona por cortisol crónico se expresa con pérdida de iniciativa y de energía vincular. Donde la identidad masculina sigue atada a la provisión y al éxito, ese deterioro se vive en silencio.

En la mujer, el impacto es más multidimensional. El deseo femenino requiere una condición que el estrés erosiona: seguridad. Seguridad emocional, corporal y vincular. El organismo puede literalmente convertir la progesterona —su hormona del equilibrio y la calma— en más cortisol. A eso se suma la carga mental desproporcionada que, en contextos de carencia, recae sobre la mujer —gestión del hogar, hijos, economía doméstica—, produciendo un agotamiento de efectos fisiológicos devastadores.

Fenómeno global con expresión local: La hipervigilancia argentina

La incertidumbre sostenida —conflictos, guerras, tensiones globales— produce en las poblaciones un estado de alerta difuso. En Argentina, esta capa biológica se superpone sobre décadas de inestabilidad estructural, creando un estado de hipervigilancia sostenida.

El "organismo argentino" vive esperando el próximo impacto: el cambio de reglas, la pérdida de valor, la amenaza latente. Esta vigilia permanente es el antídoto natural de la entrega. No se puede desear lo que no se siente seguro. La crispación ambiental actúa como un ruido blanco que satura el sistema nervioso; cuando el cerebro interpreta que el entorno es hostil, clausura las funciones de "lujo" como la libido. Vivimos en un estado de alerta que nos permite reaccionar, pero nos impide conectar.

La discrepancia y el simulacro

La ciencia no dice que menos intimidad sexual implique más sufrimiento por sí solo. Lo que sí documenta es que el bienestar se deteriora cuando hay discrepancia: la brecha entre lo que una persona desea y lo que efectivamente vive. Esa brecha hoy en muchos casos es un abismo.

Las apps de citas aparecen entonces como una salida de emergencia, un intento casi desesperado por reconstruir en la pantalla lo que la política y la economía fueron desarmando en silencio. Pero hay una trampa: el algoritmo promete conexión, pero exige más de la misma energía que ya no tenemos. Navegar perfiles y gestionar el rechazo digital consume el escaso resto de dopamina que nos queda.

Al final, estas herramientas suelen ser más un atajo momentáneo que una salida real. Un intento de aliviar con tecnología un cuerpo que ya no desea porque, simplemente, está demasiado ocupado intentando no romperse.

De la Redacción

Casa Tomada

 

 

*Este artículo ha contado con la supervisión de un profesional médico habilitado, en los datos relacionados a la ciencia.