Cuando la IA me quite el trabajo (y otras fantasías de fin de año).
Por Silvio Verliac
El título apareció en The New York Times como una provocación de época: “Cuando la inteligencia artificial me dejó sin trabajo, compré una motosierra”. El título definitivamente funciona. A fin de año, con el cansancio acumulado, alcanza con eso: una imagen exagerada, para hablar de algo muy serio.
La inteligencia artificial es, sin discusión, una de las grandes vedettes de 2025. Está en el trabajo, en la cultura, en la educación, en la medicina, en el periodismo, en casi todas las rutinas laborales y creativas.
Redacta correos, resume documentos, edita imágenes, traduce idiomas, programa, corrige, compone, "sugiere", y cada vez más.
Y, cada vez más, escucha. Mucha gente ya no le pregunta solo cómo hacer algo, sino qué hacer con su vida. La IA como terapeuta improvisado, coach emocional, oráculo doméstico.
No es una exageración: según números recientes, ochocientas millones de personas usan chatbots para pedir consejos personales, tomar decisiones laborales o simplemente pensar en voz alta. La novedad no es que la máquina responda, sino que lo haga con una seguridad que tranquiliza.
Algunas voces especializadas alertan que "el uso excesivo de IA podría erosionar silenciosamente la confianza en habilidades propias y provocar una forma de ‘atropellamiento cognitivo’, donde dependemos más de la herramienta que de nuestra propia reflexión.”
En un stream reciente, Mario Pergolini —históricamente entusiasta y precursor tecnológico— dijo sin ironía: en pocos años la IA va a eliminar muchísimos empleos. Lo dijo seriamente.
Otros, como Elon Musk, alternan entre la advertencia y la fascinación: la IA en diez, veinte años dice, hará que trabajar sea opcional. Como un "hobby". No es una contradicción. Es el tono de época.
Algunos futuristas ven en la IA una oportunidad para liberar a la gente de trabajos tediosos y dar lugar a nuevas formas de creatividad humana.
Ahora bien: ¿estamos ante el apocalipsis laboral o ante otra de esas transformaciones profundas que, vistas en perspectiva, reordenan todo sin destruirlo todo?
La comparación es inevitable: la imprenta de Gutenberg
Antes de ella, los libros eran patrimonio de los monjes y de la Iglesia, copiados a mano, lentamente, con devoción. La imprenta no acabó con el pensamiento. Acabó con un monopolio. Democratizó el acceso, aceleró la circulación de ideas y cambió para siempre la relación entre el conocimiento y el poder.
La IA no reemplaza —al menos todavía— a una investigadora en un laboratorio. Pero sí reconfigura algo más silencioso y profundo: la frontera entre pensar y ejecutar. Muchas tareas que antes requerían atención, tiempo y esfuerzo intelectual hoy se resuelven con una pregunta bien formulada.
La inteligencia artificial no vuelve a nadie más inteligente. Evita el esfuerzo. Y el esfuerzo, como sabemos, tiene mala prensa.
De pronto, pensar empieza a parecer una actividad optativa. Un rasgo de personalidad. Algo que algunos podrían hacer por gusto, como escribir a mano o memorizar números de teléfonos, que los tenemos grabados en nuestros celulares.
¿Vamos entonces hacia un mundo donde los humanos debamos refugiarnos en tareas físicas, manuales, casi artesanales, mientras las máquinas piensan por nosotros? No necesariamente. Pero la pregunta ya está planteada. Y no es menor.
Tampoco parece probable que un presidente decida una guerra consultando a su chatbot. No estamos ahí. Pero sí estamos en un punto en el que delegar pequeñas decisiones —y pequeños pensamientos— se vuelve tentador. Cómodo.
Ahí está, quizás, el verdadero cambio. No en el desempleo masivo, ni en el apocalipsis. Sino en algo más doméstico, digamos: la costumbre de no pensar del todo.
Pensar —aunque sea más lento— sigue siendo un acto humano.
La tecnología hoy ya puede hacerlo bien. Muy bien. Aunque, todavía no decidimos del todo si queremos dejar de hacerlo nosotros.
Quizás no está en juego si la IA nos quitará trabajos; está en juego qué significa pensar, decidir, hacer, en un mundo donde la respuesta puede llegar antes que la pregunta. Donde la duda se vuelva incómoda y el proceso, prescindible.
Tal vez el verdadero desafío no sea defender empleos, sino preservar algo más frágil: la experiencia humana de pensar antes de saber.
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