Director: Silvio Verliac              

Fue calumniado, silbado y destratado, pero hoy comienza su gira de entronización. El orgullo espera. Lionel Messi se aferró a la lealtad por los colores para llenar los vacíos. Esta noche abrazará la Copa del Mundo, la besará y se la regalará a un país. Habrá algo de purificación, de reparación histórica en la atmósfera del Monumental. Una electricidad diferente entre los hinchas y el héroe: el exorcismo final. 

 

Ninguno perdió tanto, y no abandonó. ‘Dibu’ Martínez apenas necesitó 25 encuentros en la selección para escalar al cielo. Messi atrapó el mismo premio después de 172 partidos y una ruta de casi dos décadas desde que atravesó por primera vez el portón del predio de Ezeiza. Contra todo, y contra tantos, no se rindió. Nunca hubo tanta efervescencia. No se compara con nada. Porque en 1978 la consagración sucedió en casa, cerca. En 1986, entre la gloria del Azteca y el primer amistoso en el país transcurrió un año: una derrota contra Paraguay, sin Diego Maradona en la cancha y con apenas 10.000 espectadores en River. Ahora, el corazón late tan desatado como a fin de año. La epopeya de Qatar está viva y más de 80 mil almas animarán un tributo inolvidable. Y Messi estará al frente, el que nunca se conformó con lo suficiente. Uno a uno pulverizó cada uno de los prejuicios que lo rotulaban. Desde apático y amargo. Estará ahí contra la versión B de Panamá, en la cancha, magnánimo, regalándose lo que soñó y tanto necesitaba: ganar para que lo quieran, aunque tendría que haber sido al revés.

Probablemente el secreto del reinado de Messi sea su vigencia. Nadie gobernó el ‘planeta fútbol’ durante… ¿12, 15 años seguidos? Nadie. Alguna vez, su rendimiento comenzará a caer. Pero camino a los 36 años, aún nada lo preanuncia. Mantiene las virtudes explosivas, acentuó una clarividente lectura global del campo y, especialmente, le inyectó más carácter a su genialidad. La determinación y la ambición lo invadieron cuando salió de cacería con la Argentina en Qatar. Estaba obsesionado, con mirada asesina y hasta ciertos aires pendencieros de los que saludablemente ya se arrepintió. Más allá de las loas populistas, a Messi no le gustó verse en el espejo de aquella tarde contra los Países Bajos. Buena corrección, eso también es un legado. Estaba decidido a que no se le escapara el Mundial. Liderazgo, influencia y jerarquía alineados. Jugó con el pincel en la zurda y los dientes apretados. Y ganó. Combinación perfecta, cóctel ideal para que los hinchas lo elevaran al Olimpo. Acceso al que tantos años le negaron por… no ganar. La Argentina lo maltrató y culpó durante mucho tiempo. Le depositó sus frustraciones.

“Sufrimos las críticas que recibe Leo, cuando dicen que no lo siente o que juega en la selección por obligación. No es verdad, si lo vieran, como lo vimos nosotros sufrir o llorar… Eso te duele…", contaba Celia, su madre. ¿Hace muchos, pero muchos años? No, en junio de 2018. “Mi hijo de seis años me dice '¿por qué te matan en Argentina?', y yo le digo que son algunos nomás, que hay gente que me quiere, me pide fotos y autógrafos. Él mira videos en YouTube y le van llegando cosas. Me dice '¿por qué no te quieren en la selección?'. Tengo que pasar esas cosas, pero no me importa porque quiero estar", confiaba Messi. ¿Pero eso habrá sido en otro siglo…? No, no: marzo de 2019. Inconformista, nunca desistió. El sentimiento de pertenencia es una virtud por la que bien tendría que haberse ganado mucho antes el respeto popular. Messi, terco y audaz, lo siguió intentando porque siempre se propuso muchos imposibles. Hasta domesticarlos. Convenció a un país, el que lo tuvo bajo observación muchos más años de lo racional. La conquista de la Copa América de Brasil 2021 había sido el salvoconducto al romance. Qatar 2022 desató la pasión para siempre. Si las Copas Américas habían sido las bestias negras y un calvario para Messi, el ‘Maracanazo’ se convirtió en su redención futbolística. Entonces, ¿por qué no soñar con que los mundiales le habían reservado una sorpresa para el final del recorrido? Sucedió.

Ahora el crack sólo quiere disfrutar. Sin revancha, sin rencor con tantos que lo señalaron de apátrida. Ni él sabe cuánto tiempo más jugará en la selección. Después de esta noche, quizás, apenas queden un puñado más de partidos en el país. Ahora, únicamente se trata de celebrar. La unión inmortal. Todo el tiempo que decida continuar en la selección le permitirá guardar escenas inolvidables en el país. Desde esta noche y en adelante, sólo recogerá afecto, admiración, delirio. En el Monumental, el martes próximo en Santiago del Estero o por donde lo lleve la geografía nacional según la agenda albiceleste. ¿Jugará como campeón del mundo más partidos que Maradona en su país? Seguramente, porque Diego, entre las Copas de México 1986 e Italia 1990 apenas disputó cinco encuentros –todos en 1987–, cuatro en River y uno en Vélez.

Mientras tanto, Messi seguirá alimentando lo que menos le interesa: sus estadísticas de fábula. Nadie tiene más partidos (172) ni más goles (98) que él. Nadie entregó más asistencias, 58, contra las 28 de Maradona y Ángel Di María. Nadie llevó más veces la cinta de capitán: 111, contra las 63 de Roberto Ayala. Nadie participó en más partidos por Mundiales, eliminatorias y Copas América. Nadie convirtió más goles en Mundiales y eliminatorias. Nadie, nadie, nadie… Finalmente, la aprobación en su país será total. Tras luchar contra tantos recelos, la bendición llegará con efecto retroactivo y después de un título. El título. Antes de Brasil 2014, en LA NACION publicamos un libro sobre su vida en celeste y blanco que, provocativamente, titulamos ‘El Patriota’. Por entonces vivía bajo sospecha y todavía no había perdido las famosas tres finales ni Rusia 2018 se había clavado en su corazón… Es decir, lo peor estaba por llegar. Pero pensaba igual que ahora, y actuaba igual que ahora. “Me quiero acordar si alguna vez tuve una camiseta de la Argentina cuando era chico…, y no, no, estoy seguro que no… La primera fue la que me dieron en la selección. Me estaba esperando… Siempre voy a estar donde la selección me necesite”. Él nunca se fue. En cambio, desde que ganó, muchos volvieron.

En su cruzada, aún mirado con desdén, sostuvo a la selección en el mapa y acumuló récords. Esos que nunca le importaron. Tampoco ahora, aunque casi todas las marcas son suyas. Más goles, más partidos, más mundiales, más títulos. Y desde esta noche, el ciclo más extenso en la selección. Hoy, su propietario es Maradona, con 17 años, 3 meses y 28 días entre el 27 de febrero de 1977 y el 25 de junio de 1994. La tarde de la final en Doha, el rosarino había quedado en el umbral, por eso hoy instalará un nuevo registro ante Panamá, orgulloso partenaire. Messi, acá, también tomará la posta del ‘Diez’. Y Messi no ha tenido paréntesis. Fabuloso signo de compromiso, lealtad, fidelidad. Con un agregado: en estos más de 17 años, generalmente sufrió. Ha padecido mucho más de lo que ha disfrutado. Las peores sensaciones de su carrera están asociadas con la selección. Porque los resultados eran traicioneros, y su país lo destrataba. Él lo olvidó, pero en la Argentina silbaron a Messi.

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Todo comenzó aquel 17 de agosto de 2005, cuando Messi ingresó por ‘Licha’ López (el único que permanece en actividad de esa convocatoria de Pekerman) contra Hungría y parpadeo más tarde estaba afuera por expulsión. En 2005 murió el papa Juan Pablo II, se creó You Tube, explotó la cultura ‘Emo’, Manu Ginobili ganó su segundo anillo con los Spurs en la NBA, Asafa Powell era el hombre más rápido del planeta y todavía poco se sabía de un tal Usain Bolt, Rafael Nadal le ganaba a Mariano Puerta la final de Roland Garros y abría una increíble dinastía, el Boca de Alfio Basile con Federico Insúa, Cata Díaz, Rodrigo Palacio y Schiavi se coronaba en el torneo Apertura… y Julián Álvarez iba al jardín de infantes. Contundente, ¿no? Messi, resumen de época. La deuda interna de no haber alzado ninguna copa le quemaba, tanto como le dolía no atrapar el afecto en su país. Río de Janiero 2021-Doha 2022 fue conexión celestial. También ganó esa batalla, titánica; quizás, muchos se hubiesen rendido. Es que fue despellejado, calumniado y desacreditado. Esta noche se cerrará un círculo simbólico, entre el chico anónimo que se marchó exiliado a Barcelona a principios de siglo y el hombre convertido en héroe nacional. Lo que ocurrió en el medio nos describe más a nosotros que a él. Un partido deportivamente insignificante para celebrar junto con sus compañeros, los campeones del mundo, a los que Leo ayudó a descolgar el poster. Será la noche de la entronización de Messi. La noche definitiva en la que se quemarán todos los demonios. Por Cristian Grosso / La Nación