Director: Silvio Verliac              

El jazz nació en una sociedad que mantenía a parte de su población separada en escuelas, transportes y espacios públicos. Es el factor para comprender por qué, más de un siglo después, las Naciones Unidas le dedicó una fecha en el calendario internacional, y escritores como Julio Cortázar hacían sonar su música casi todo el tiempo.

En noviembre de 2011, durante su Conferencia General, la UNESCO proclamó el 30 de abril como Día Internacional del Jazz. La iniciativa fue impulsada por Herbie Hancock, pianista y embajador de buena voluntad de la organización, con una premisa que era también una tesis: el jazz no es solo un género musical, sino una herramienta de paz, diálogo intercultural y libertad de expresión. La primera celebración fue en 2012, con eventos simultáneos en Nueva York, París y otras cien ciudades. Este 30 de abril se cumple la decimoquinta edición, con Chicago como ciudad anfitriona del Concierto Global All-Star.

El origen: Nueva Orleans

El jazz emergió a finales del siglo XIX en Nueva Orleans, producto del encuentro entre tradiciones afroamericanas, europeas y caribeñas. La improvisación fue desde el principio su marca distintiva, y también su declaración de principios: en una cultura que imponía jerarquías, improvisar colectivamente era un acto de resistencia.

La evolución del género siguió el mapa de las tensiones sociales del siglo XX. El jazz clásico y el Dixieland se desarrollaron en Nueva Orleans entre 1900 y los años 20; el swing de las grandes orquestas de Duke Ellington y Count Basie llenó salones de baile en los 30 y 40; el bebop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie, también en los 40, aceleró los tiempos y complejizó las armonías: el jazz dejó de ser solo para bailar y se convirtió en música para escuchar y pensar. En los 50, Miles Davis introdujo el cool jazz con Birth of the Cool; en los 60, Ornette Coleman rompió todas las estructuras con el free jazz; y en 1970, Davis volvió a revolucionar el género con Bitches Brew, abriendo paso a nuevas fusiones. Cada mutación fue, también, una respuesta a su época.

El jazz en Argentina

Argentina tiene una historia propia dentro del jazz, más rica y temprana de lo que puede imaginarse. En los años dorados de la escena porteña, en boliches de cincuenta personas convivían Sergio Mihanovich o Baby López Furst, el quinteto de Astor Piazzolla, el dúo de Horacio Salgán y Ubaldo De Lío, y un saxofonista rosarino que todavía no había encontrado su destino: Leandro “Gato” Barbieri.

Barbieri se formó en Buenos Aires, pasó por la orquesta de Lalo Schifrin como solista y en 1962 se instaló en Europa. Allí grabó con Ennio Morricone y trabajó años junto al cornetista Don Cherry. Pero su consagración global llegó en 1972 con la banda sonora de Último tango en París, de Bernardo Bertolucci: es un saxo áspero y profundamente emocional que acompaña a Marlon Brando, y se escuchó en todo el mundo. A partir de allí, el Gato encontró un norte: fusionar el jazz con los ritmos y los movimientos sociales y políticos de América Latina. Bolivia (1973) y Chapter 3: Viva Emiliano Zapata (1974) son el resultado de esa búsqueda. Murió en Nueva York en 2016, a los 83 años.

Otro nombre ineludible es Oscar Alemán, guitarrista que llevó el jazz argentino al mundo antes que nadie, y que la historiografía tardó décadas en reconocer. Más cerca en el tiempo, el pianista Adrián Iaies lleva más de treinta años representando al jazz argentino en festivales internacionales junto a figuras como Ron Carter y Brad Mehldau.

Entre Ríos en el mapa

La provincia también tiene su lugar en esta historia. Concepción del Uruguay lleva más de una década con un festival propio; la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos cruzó el género con un programa de Jazz Sinfónico junto al Colegiales Trío de Iaies. En Concordia, en febrero de este año la ciudad recibió al cuarteto del saxofonista Andrés Hayes, una de las figuras centrales del jazz argentino contemporáneo, con más de 25 años de carrera. No resulta un género ajeno.

La lectura de fondo

La UNESCO eligió el jazz porque es un género que construyó su identidad estética desde la exclusión y la resistió desde adentro, sin abandonar la forma. No hay manifiesto ni partidos sino improvisación colectiva. Cada músico habla, los demás escuchan y responden. Un modelo de convivencia tan simple que resulta casi utópico.

En este momento, vale la pena recordar que hubo —y hay— un género musical que ubica en su centro el diálogo, la escucha y la capacidad de crear algo nuevo entre varios, en tiempo real, sin saber de antemano cómo va a terminar.

Celebramos el Día Internacional del Jazz. El género que sigue siendo una compañía.

 

Cómo investigamos para este artículo en Casa Tomada:

UNESCO  (Naciones Unidas), registros de la escena jazzística argentina e investigación de Sergio Pujol (Jazz al Sur; Gato Barbieri, un sonido para el Tercer Mundo).