Un modelo que no se puede fotocopiar (y lo que sí se puede aprender). Emilia-Romagna: cuando cooperar no es rendirse.
En la entrega anterior quedó planteado el dato: una empresa cada diez habitantes, casi el 40% del PBI generado por cooperativas, y una región que salió de la pobreza de posguerra para convertirse en la tercera economía más próspera de Italia. Esos números no son el resultado de un plan nacional de gobierno ni de inversión extranjera. Son el resultado de una arquitectura. Esta entrega examina cómo se construyó.
Hay una paradoja en el corazón de Emilia-Romagna que vale la pena nombrar antes de cualquier otra cosa: esta región italiana, una de las más productivas de Europa, construyó su poder económico bajo gobiernos municipales del Partido Comunista Italiano durante décadas. Y lo hizo creando condiciones extraordinariamente favorables para el mercado.
El economista Sebastiano Brusco documentó este aparente contrasentido con precisión: los gobiernos locales comunistas de Emilia no gestionaron empresas ni centralizaron la producción. Hicieron algo más inteligente. Crearon infraestructura compartida, facilitaron la asociación entre pequeños productores y mantuvieron fuera del juego a los grandes monopolios que hubieran absorbido el tejido productivo local. El resultado fue un ecosistema de miles de pequeñas y medianas empresas hiper-especializadas que hoy fabrican, entre otras cosas, los Ferrari, las Ducati y buena parte de la maquinaria agroindustrial que alimenta a Europa. La paradoja no es un accidente. Es clave del modelo.
El distrito industrial: cuando el aire mismo sabe hacer cosas
Alfred Marshall, el economista inglés, observó a fines del siglo XIX algo que los manuales tardaron en digerir: hay lugares donde el conocimiento flota. No está en una empresa, ni en un manual, ni en una patente. Está en la conversación cotidiana del lugar.
Marshall llamó a esto "atmósfera industrial". Lo que describía, sin saberlo del todo, era Emilia-Romagna un siglo antes de que existiera como caso de estudio.
Giacomo Becattini, el economista italiano que rescató y actualizó a Marshall en los años ochenta, le dio nombre preciso al fenómeno: el distrito industrial. Su definición es descriptivamente simple: una comunidad de personas y un conjunto de empresas integradas en un territorio. Pero lo que esconde esa definición es rotundo.
En un distrito industrial, las empresas no compiten entre sí como si el mercado fuera un ring donde uno gana y otro pierde. Compiten contra el mundo exterior cooperando entre ellas. Comparten maquinaria costosa que ninguna podría solventar sola. Comparten centros de investigación y desarrollo. Comparten infraestructura logística. Y cuando llega un pedido demasiado grande para una sola empresa, se lo distribuyen entre varias sin que nadie considere eso una derrota.
El capital social no es un eslogan
Robert Putnam llegó a Emilia-Romagna buscando entender por qué algunas regiones italianas tienen instituciones que funcionan y otras no. Lo que encontró lo obligó a retroceder varios siglos.
La tesis central de Making Democracy Work es incómoda para quienes buscan recetas de política pública rápidas: las instituciones funcionan bien donde existe capital social acumulado, y el capital social de Emilia-Romagna no se construyó en una década de buena gestión. Viene de una tradición cívica que se remonta a las repúblicas comunales medievales, a los gremios de artesanos, a las cooperativas agrarias del siglo XIX, a una cultura de reciprocidad que antecede al capitalismo industrial por varios siglos.
Putnam es honesto sobre lo que esto implica: no se puede importar capital social como se importa tecnología. No hay decreto / ley que lo cree, ni programa de capacitación que lo acelere significativamente. Es sedimento histórico.
Eso hace de Emilia-Romagna un modelo admirable y, al mismo tiempo, parcialmente inimitable en su forma original. Pero "parcialmente inimitable" no es lo mismo que "irrelevante" como ejemplo. Porque hay componentes del modelo que sí se pueden desagregar y analizar.
La red abierta versus la jerarquía cerrada
AnnaLee Saxenian, estudiando Silicon Valley en comparación con la Ruta 128 de Boston, llegó a una conclusión que ilumina Emilia desde otro ángulo: las redes abiertas ganan a las estructuras jerárquicas cerradas en contextos de innovación y adaptación.
Boston tenía empresas más grandes, más recursos, más historia, pero la región de Silicon Valley tenía ingenieros que rotaban entre empresas, que fundaban sus propias startups, que compartían información en bares y conferencias, y que no consideraban que el conocimiento de la competencia fuera necesariamente una amenaza. El resultado está a la vista.
Emilia-Romagna es, en términos de escala y sector, lo que Silicon Valley es en tecnología: una red abierta densa donde el talento y el conocimiento circulan con fricción baja. Michael Porter llamaría a esto un cluster. Becattini lo llamó distrito. El nombre importa menos que el mecanismo: la circulación libre genera más valor que la acumulación protegida.
El Venture Capital: una nota al margen que importa
El modelo de Emilia se financió de una manera completamente distinta al de Silicon Valley: no hubo Sand Hill Road, no hubo capital de riesgo buscando el 10% de éxitos que justifiquen el 90% de fracasos. El financiamiento vino de cooperativas de crédito locales, de bancos regionales con conocimiento del tejido productivo, de la reinversión paciente de utilidades.
Vale la pena señalarlo porque marca un límite del argumento de que "solo el modelo de venture capital escala la innovación". Emilia escala con otro modelo financiero. Lo que los dos modelos comparten no es la fuente del capital sino la arquitectura de las redes: abierta, con movilidad del talento, con tolerancia al fracaso individual dentro de un sistema que sobrevive.
Lo que el espejo muestra (y no es simpático ver)
Hasta aquí, los análisis pueden leerse como desarrollo de postales hermosas pero lejanas. Conviene entonces nombrar lo que estos modelos revelan sobre los ecosistemas que no funcionan, ya que las patologías suelen ser más reconocibles que los éxitos.
El sindicato del conocimiento: En muchas regiones medianas, el saber acumulado no circula, se guarda. Las personas con expertise no lo comparten porque su posición depende de ser los únicos que lo poseen. Las instituciones no colaboran porque su financiamiento depende de ser las únicas que hacen lo que hacen. El resultado es un ecosistema donde el conocimiento envejece dentro de los silos que lo retienen.
La captura del éxito: Cuando alguien nuevo emerge con una idea o un proyecto, el reflejo dominante no es incorporarlo sino controlarlo. Los que ocupan el centro del sistema tienden a asimilar o neutralizar cualquier iniciativa que amenace su posición relativa, aunque esa iniciativa podría expandirse en beneficio de todos.
Estos dos mecanismos no son fallas morales individuales sino estructurales. Y las estructuras se pueden nombrar, analizar y eventualmente modificar.
No es una percepción. En la Región Centro argentina, las diferencias de tejido productivo son medibles: mientras Córdoba y Santa Fe tienen entre 132 y 139 empleados privados formales cada 1.000 habitantes, Entre Ríos llega a 94. La brecha no es marginal. Y es exactamente el tipo de brecha que Emilia-Romagna cerró —no de golpe, no con un decreto— sino construyendo durante décadas las condiciones para que el conocimiento circule y el capital asuma riesgos.
Lo que la próxima entrega necesita responder
Emilia-Romagna deja tres preguntas sin responder que Mondragón, el caso del próximo número, va a tensar de manera distinta:
¿Puede un distrito industrial construirse sin el sedimento histórico que describe Putnam, o hay que aceptar que algunas condiciones son heredadas y no diseñables?
¿Qué pasa cuando el modelo de cooperación no depende del Estado ni del capital de riesgo sino de la propiedad de los propios trabajadores? ¿Cambia la lógica de circulación del conocimiento o la reproduce?
Y la pregunta que más directamente apunta a nuestras regiones: ¿cuál es el eslabón mínimo viable? Si no tenemos el capital social de Emilia ni un Silicon Valley, ¿qué componente del ciclo se puede activar primero sin esperar que los otros estén listos, sin depender del empleo público, en cualquier categoría, jerárquico o no, de los distintos niveles o poderes del Estado?
Mondragón, desde el País Vasco de los años cincuenta, con una cooperativa que nació de la nada en una región devastada por la guerra civil, tiene algo que decir sobre eso.
©Trabajo en equipo de Casa Tomada
Notas de Referencia
Putnam, Robert. Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy (1993).
Becattini, Giacomo. Il distretto industriale (1989).
Brusco, Sebastiano. The Emilian Model: Productive Decentralisation and Social Integration (1982).
Marshall, Alfred. Principles of Economics (1890).
Saxenian, AnnaLee. Regional Advantage (1994).
Porter, Michael. The Competitive Advantage of Nations (1990).
Consejo Empresario de Entre Ríos. Monitoreo del empleo provincial (2024).